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Portada de la novela Me acusó de ladrona… así que le destruí la vida

Me acusó de ladrona… así que le destruí la vida

Durante tres años, Caroline usó sus influencias para aportar millones a la empresa de Claude Laurent, su excompañero y director general. Sin embargo, en una junta, una becaria la acusa de ausencias injustificadas y de malgastar fondos en cenas de negocios que en realidad servían para cerrar tratos. Pese a conocer la verdad, Claude respalda la humillación de la recién llegada y confronta a Caroline. Con una sonrisa fría, ella decide no defenderse; muy pronto todos pagarán el precio de su traición.
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Capítulo 2

Observé a Claude en silencio… y luego dejé escapar una risa baja.

—¿Tú qué opinas?

Esperé.

Sus ojos se detuvieron en mi rostro durante tres segundos antes de apartarse.

Ya había tomado una decisión.

—Caroline, tengo que decir que estos datos son preocupantes —Claude se aclaró la garganta, adoptando ese tono medido de autoridad—. Como empresa emergente, debemos ser estrictos con la asistencia y la disciplina financiera. Las reglas son las reglas.

Alcancé a ver el destello de satisfacción en los ojos de Lia.

—En ese caso —Claude se giró hacia el director financiero—, suspendan de inmediato todos los accesos de Caroline a los sistemas internos. El sistema de gestión de clientes, las aprobaciones financieras, el acceso a documentos de alto nivel… todo queda suspendido.

Sin levantar la vista, David asintió.

—Sí, señor.

—Además —continuó Claude—, Lia, te encargo oficialmente recuperar los ciento cincuenta mil dólares en gastos indebidos. Estamos operando con recursos ajustados, y cada dólar cuenta.

—No hay problema —respondió Lia casi al instante, sin poder ocultar la emoción en su voz—. Prepararé un plan detallado de recuperación para proteger los intereses de la empresa.

Luego me miró directamente.

—Este tipo de violaciones debe tratarse con seriedad. No podemos hacer excepciones por relaciones personales.

Claude asintió, satisfecho.

—Bien. También quiero que esto se comunique a toda la empresa. Que sirva de ejemplo.

En ese momento lo entendí.

Nunca se trató de disciplina.

Era un movimiento calculado.

Claude quería mi cartera de clientes… mis contactos con inversionistas de alto nivel, mi acceso a clubes privados.

Y Lia quería mi puesto.

Creía que, derribándome, podría sentarse en mi silla sin más… convertirse en la nueva mano derecha de Claude.

“Qué ingenua”, pensé.

Después de anunciar el castigo, Claude volvió a mirarme con una falsa cordialidad.

—No te preocupes, Caroline. Una vez que devuelvas el dinero, restauraré tu puesto. Todo volverá a la normalidad.

Hizo una pausa, como si acabara de recordar algo.

—Ah, y por cierto… —añadió con aparente despreocupación—, dado que temporalmente no puedes cumplir con tus funciones, no podemos dejar desatendidos a esos clientes importantes. Tendrás que entregarme también tu lista de clientes.

Me levanté despacio.

Saqué una carpeta negra de mi bolso y la dejé suavemente sobre la mesa.

—Aquí están todos los contactos y los registros de seguimiento —dije.

En los ojos de Claude brilló algo que no se molestó en ocultar mientras extendía la mano para tomarla.

Di un paso atrás y sonreí.

—Espero… que sepas manejarlos.

Treinta minutos después, estaba sentada en mi oficina, escuchando el sonido constante de notificaciones que llegaban desde fuera.

Acababan de enviar un correo a toda la empresa.

Asunto: Medidas disciplinarias contra la directora de relaciones públicas, Caroline, por graves violaciones de asistencia y políticas financieras.

El correo detallaba mis “faltas”: ausencias reiteradas sin justificación, uso de recursos de la empresa para fines personales, violación grave de las políticas de gestión de activos… causando un impacto negativo.

Podía oír los murmullos en el pasillo.

—No puedo creer que Caroline faltara tanto al trabajo…

—¿Ciento cincuenta mil dólares? Es una locura…

—Siempre me pareció sospechoso todo ese lujo…

—Bien por Lia… a ver qué tal lo hace ahora…

Los mismos colegas que antes levantaban sus copas conmigo en las cenas de empresa, los mismos subordinados que me saludaban con entusiasmo en el ascensor… ahora hablaban de mi caída como buitres esperando carroña.

Miré el jarrón de rosas blancas sobre mi escritorio.

Mi secretaria las había cambiado esa misma mañana. Aún quedaban gotas de agua en los pétalos.

Qué ingenua había sido… creyendo que el esfuerzo sincero generaba lealtad sincera.

En ese momento, la puerta se abrió de golpe.

Lia entró sin pedir permiso, seguida por una becaria de finanzas que llevaba un documento recién impreso.

Se acercó directamente a mi escritorio y dejó caer el papel frente a mí.

—Caroline —dijo, mirándome desde arriba, con la seguridad de quien cree haber ganado—, aquí tienes el desglose del departamento financiero. Un total de ciento cincuenta y siete mil cuatrocientos veintitrés dólares. El director general ya lo aprobó.

Hizo una pausa antes de rematar:

—Tienes tres días para devolver el dinero. De lo contrario, según la sección 47 del reglamento interno, la empresa tiene derecho a descontarlo de tu bono anual y de tus dividendos en acciones.

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