
Levántame otra vez y es adiós
Capítulo 3
A la mañana siguiente me desperté y empecé a empacar la maleta. Iba por la mitad cuando Ivy llegó a casa con una cara de agotamiento. Detrás de ella, al cruzar la puerta, entró un olor intenso a colonia de hombre que me tomó por sorpresa.
A Ivy le daba asco la colonia. Cada vez que yo me ponía, me regañaba. Por eso llevaba mucho tiempo sin usar. Viéndolo ahora… no odiaba la colonia; simplemente no le gustaba que yo la usara.
Al verme empacando, se detuvo.
—Anoche Owen se le pasó la borrachera muy tarde. Yo me quedé sola en un hotel. Por eso no volví.
La miré, un poco sorprendido. Era la primera vez en tres años de matrimonio que ella me daba una explicación por iniciativa propia.
Asentí sin decir nada. Entonces se acercó despacio y preguntó, bajando la mirada:
—¿Estás empacando porque tienes un vuelo de trabajo?
Asentí.
—Algo así.
Al oírme, por alguna razón pareció soltar un suspiro de alivio. Luego continuó:
—Hoy tengo cosas que hacer. Solo vine a recoger algo y me voy. No voy a estar para el almuerzo.
—Está bien.
No levanté la vista; seguí doblando y acomodando la ropa en la maleta. Yo pensaba contarle lo de mi renuncia a la hora de comer, para darle un cierre oficial a nuestra relación de ocho años, pero parecía que ahora no habría oportunidad.
Dicho eso, Ivy agarró una bolsa roja de papel y la ropa que estaba colgada junto a la puerta, y salió apurada. En cuanto se fue, el portarretratos que había estado colgado en el marco de la puerta durante ocho años se desprendió de golpe y cayó al piso.
El vidrio se hizo añicos y quedó esparcido por todas partes.
Miré la foto: era del primer concierto al que habíamos ido juntos. En la imagen teníamos las manos entrelazadas, las caras llenas de sonrisas.
Ese día me había prometido que, por más ocupada que estuviera, me acompañaría a un concierto cada año. Pero desde que Owen se volvió su aprendiz, parecía haberlo olvidado por completo.
En la casa vacía, el reloj siguió marcando los segundos.
Después de un largo silencio, recogí los pedazos de vidrio del piso. Luego tiré esa foto —un resto de tiempos más felices— al bote de basura, junto con lo último que me quedaba de sentimientos.
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