
La Yegua Más Rica del Corral
Capítulo 2
¿Estará ella también disfrutando esta sensación?
No me dio tiempo de pensarlo más. Lulú, por la fricción tan fuerte, perdió el equilibrio y casi se cae de lado.
Por suerte reaccioné rápido y la sujeté a tiempo.
Mis manos terminaron justo aferradas a sus pechos firmes.
¿Así se sentían las muchachas de veinte? Tenían una suavidad increíble, y la verdad no quería soltarlos para nada.
Lulú por fin reaccionó y apartó mis manos.
Con voz tímida me dijo:
—Ay, padrino, qué malo eres.
Eso me prendió todavía más. Lejos de enojarse por lo que hice, parecía que Lulú lo estaba disfrutando.
Llevaba mucho tiempo deseando su cuerpo, y ahora sí parecía que tenía oportunidad de comérmela.
Después de un rato así, ya estaba oscureciendo.
Lulú dijo que mejor regresáramos, porque si no su papá se iba a molestar.
Tuve que llevarla de vuelta a casa aunque no quería.
Esa noche, acostado en la cama, solo podía pensar en Lulú. Las imágenes del día se repetían en mi cabeza y terminé dándome una manuela.
Al día siguiente volví a casa de Lucio a jugar póker.
Pero mi cabeza no estaba en las cartas. No dejaba de mirar a Lulú que estaba ahí cerca.
Lucio se dio cuenta y golpeó la mesa frente a mí.
—Oye, Rodrigo, te toca. ¿Vas a jugar o qué?
Volví en mí y tiré mi carta.
—El dos de corazones. Estaba calculando, no me fijé.
Lulú se dio cuenta de que toda mi atención estaba en ella. Sonrió apenas, me hizo una seña con el dedo y se metió a su cuarto.
¿Me estaba llamando?
En ese momento llegó don Rubén. Vio que ya estábamos jugando y se iba a ir.
Rápido le dije:
—Don Rubén, pase, le cedo mi lugar.
Lucio levantó la mirada.
—¿Ya no juegas?
—Hoy no me siento muy bien, sigan ustedes.
Don Rubén se sentó a la mesa y yo, mientras no me veían, me escabullí al cuarto de Lulú.
Apenas entré, vi a Lulú sentada en la cama con las piernas cruzadas. Sus piecitos rojos se veían bien provocadores envueltos en esas medias.
Me sonrió, dio palmadas en la cama a su lado para que me sentara.
Cuando estuve junto a ella, Lulú me dijo:
—Padrino, ayer cuando me rozaste se sintió tan rico... ¿me dejas ver lo que tienes?
No me esperaba que me pidiera eso. Me abrí el cierre del pantalón y puse su mano encima.
—Toca todo lo que quieras, pero solo míralo.
Lulú sonrió mientras lo acariciaba. Sentir sus manitas suaves me hizo perder el control al instante. Se me puso dura como nunca.
Lulú abrió muy grandes los ojos, sorprendida:
—Padrino, la tienes enorme, igualita al semental de ayer.
Con una mano le acariciaba la pierna. Las medias se sentían suaves y resbalosas al tacto.
De repente bajó la cabeza y se acercó.
—Padrino, ¿puedo probarlo un poquito?
Estaba tan aventurada que por dentro me llené de felicidad.
Le puse la mano en la cabeza y la guie hacia allá.
Lulú abrió su boquita y lo metió entre sus labios.
En ese momento sentí que me ardía todo por dentro, como si un fuego me recorriera el cuerpo entero.
La verdad es que Lulú sabía muy bien lo que hacía. Chupaba, lamía y hasta succionaba con esmero.
Tuve que tensar todo el cuerpo para aguantar las ganas.
Su papá estaba ahí al lado jugando póker. Si nos cachaba, íbamos a estar en problemas graves.
Después de un rato, Lulú levantó la cabeza y me miró con los ojos llenos de deseo.
—Padrino, me arde mucho allá abajo. Quiero que me montes como a la yegua de ayer.
Sentía que me quemaba por dentro y tenía todo hinchado y a punto de reventar.
Le respondí:
—Quítate el calzoncito y ponte en cuatro como una yegua.
Lulú me sonrió, metió la mano bajo la minifalda y se quitó el calzoncito con un movimiento suave.
Luego se puso de rodillas en el piso, con el culo bien levantado justo frente a mi cara.
Bajo la minifalda se veía toda esa piel blanca, que la hacía todavía más tentadora.
Enterré mi cara ahí y saqué la lengua...
Lulú no pudo aguantarse y soltó un gemidito bajito.
Luego, con voz suplicante, me dijo:
—Padrino, ya no aguanto más. Por favor, móntame ya.
¿Cómo iba a resistirme a eso? Me arrodillé detrás de ella, la agarré de las colitas como si fueran riendas y empujé con fuerza hacia adelante...
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