
La Sombra Del Pastel
Capítulo 2
Miré de reojo a mi padrastro y vi que en la entrepierna del pantalón se le había alzado una carpa enorme. Al notar mi mirada, mi padrastro adivinó lo que pensaba.
Estaba sentado a mi lado, en la misma postura que el hombre de la pantalla.
—Lunita, estás hecha un desastre, ¿sientes algo? —preguntó.
Tras ese comentario de mi padrastro, recién me di cuenta de que estaba temblando toda, sonrojada, con la ropa subida sin querer, hecha un desastre, igual que la protagonista de la película.
Me mordí el labio sin saber qué decir. Mi padrastro habló con voz más suave:
—Tranquila, aquí estamos solo nosotros dos. Lo que quieras, te lo voy a cumplir… Es nuestro secreto. Ahora, ¿cómo te sientes?, ¿qué… quieres?
Con la cara roja y la voz temblando, contesté:
—Yo… me siento muy rara, quiero…
—¿Quieres?
—Quiero que me… hagan lo mismo.
—Buena niña.
Mi padrastro aprovechó para desabrochar los botones de mi blusa ajustada. Apenas soltó dos, mis pechos blancos brincaron afuera como conejitos.
Sentí una vergüenza inmensa al estar expuesta así frente a mi padrastro.
Su aliento de hombre maduro me envolvió; miré aquella mano que me iba tocando poco a poco, y yo estaba nerviosa y excitada a la vez.
El hambre de mi cuerpo no me dejaba pensar tanto, se me aflojaba todo, ya no podía juntar fuerzas. Dejé que mi padrastro me apartara la tela del pecho, pasara la lengua y succionara una y otra vez las cerecitas rosadas.
Qué comezón.
—Ay… qué raro… padrastro, mmm, ¿qué es esta sensación…?
—Tranquila, yo te enseño, esto es algo rico... y todavía falta algo aún más rico.
Eso no fue todo: estiró también una mano gruesa y la metió debajo de mi falda. Siguiendo esa hendidura profunda, frotaba de un lado a otro. De pronto, sentí que me iba a reventar.
¡Cómo podía sentirse tan rico! Era una sensación que jamás había probado, como flotar entre las nubes, sentía el cuerpo ligero.
Con razón mamá gritaba de placer cada noche. En ese momento, también a mí se me escapaban jadeos, pero estaba frente a mi padrastro y me daba mucha pena.
Apenas pude soportar la comezón que me llegaba hasta los huesos, apreté la garganta con fuerza, sin dejar escapar ni un sonido. Mientras más me contenía, más me picaba el cuerpo.
Las piernas se me retorcían sin parar de pura delicia, quería juntar las piernas, pero terminé apretando el brazo de mi padrastro. Mientras más apretaba yo, más fuerza ponía él.
—Ah, despacio, despacio, ya no aguanto.
Al fin no me contuve y dejé salir un grito lascivo, acompañado de jadeos; hasta yo misma me asusté. Al oírme, mi padrastro puso una actitud aún más complacida y mordió una de mis cerecitas, frotándola apenas con los dientes.
Todo acompañado por los sonidos seductores que salían de la pantalla.
Sentía como si todos los poros del cuerpo se me abrieran, gozando con avidez de esa succión amorosa. Sentía la lengua suave y húmeda, junto con el calor de su boca.
Todo el cuerpo me quedaba envuelto en ese calor.
¿Esta era la sensación de ser adulta? Me sentía como si estuviera parada al borde de un acantilado, tambaleándome, en peligro y emocionada a la vez.
Me acerqué al oído de mi padrastro y jadeé:
—Padrastro… ¿esto es… ser adulta?
Mi padrastro se rio.
—Sí, Lunita aprende rápido, seguro vas a ser una mujer adorable... pero todavía no es suficiente.
Su mano apretó ese botoncito mío que nadie más había tocado, lo que me arrancó un jadeo.
El cuerpo se me sacudió con cada movimiento suyo y, al final, me quedé sin fuerzas, con la entrepierna empapada, que le mojaba la mano.
—Eres muy sensible, de seguro de grande le vas a gustar a muchos hombres... Me preocupa, en serio.
El hombre me besaba el cuerpo y murmuraba con voz ronca.
—Así que ahora yo mismo te voy a enseñar… qué se siente convertirse en toda una mujer. Lunita, ¿ya estás lista?
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