
La Hija que Abandonaron Regresó Triunfante
Capítulo 4
Me quedé de pie. Poco a poco, el frío se apoderó de mi cuerpo. No sabía si era por la sangre que había perdido… o por el corazón que se me estaba quebrando.
Sola, y con esfuerzo, logré llegar desde el pequeño pueblo en la sierra hasta la ciudad para estudiar. Antes de ir, me imaginaba que mi madre me recibiría con los brazos abiertos, feliz de verme.
Pensé que mis calificaciones serían una pequeña razón para que se sintieran orgullosos de mí, para que me quisieran.
No me importó que me hubieran dejado en el rancho, que tuviera que levantarme a las cuatro todos los días para alimentar a los cerdos, caminar tres horas por senderos de tierra para ir a estudiar, o que casi me muriera al enfermar por no alimentarme bien.
Nunca los odié por nada de eso.
Siempre creí que era mi culpa. Que, si me portaba bien, si me volvía una buena hija, un poco más digna, entonces me aceptarían.
Pero no. Para siempre seré la maldita en sus corazones.
Cuando me mandaron al rancho, Daniela todavía no se hacía llamar Daniela Mendoza. Era Daniela Reyes. La única hija de la familia Reyes, la cual me recibió, recibía todo el amor.
Al principio, pensé que me quedaría en el campo por un tiempo, pero no me imaginé que mis padres, realmente, no quisieran llevarme de vuelta, que quisieran dejarme allí, en esa montaña donde tardabas horas en llegar a la escuela.
El primer día que llegué al pueblo, Daniela me llevó al estanque. Me dijo que, si recogía la flor de loto más hermosa que florecía en el centro, mi madre sabría cuánto la quería… y por fin me amaría.
No me di cuenta de lo mala que era.
Me quité los zapatos y entré en el agua de inmediato, sin sospechar nada. Pero, por alguna razón, Daniela también se metió, y comenzó a ahogarse. Me jaló de la cintura, una y otra vez, hasta hacerme perder el equilibrio.
Mientras me jalaba, en medio de la confusión, me desmayé.
Cuando desperté, vi a Daniela débil, recostada en los brazos de mi madre, diciendo cosas que no entendía:
—No culpo a mi hermana… Solo quería salvarla… pero ella no me dejaba...
Quise explicarme, pero mi cuerpo no respondía. Apenas podía moverme, por lo que solo pude observar, impotente, cómo mis padres abrazaban a Daniela y regresaban a casa sin mirarme.
Lo único que escuché fueron regaños:
—De verdad que es una maldita desde que nació. Solo porque le dije a Daniela que era bonita, ahora quiere matarla. ¡Cuando nació debimos haberla ahorcado!
Daniela fue llevada de vuelta a la ciudad para vivir con todas las comodidades, mientras yo me quedaba aquel pueblo olvidado.
Cuando mis padres se fueron, la familia Reyes dejó de fingir. Me quitaban el poco dinero que me daban, me prohibían comer hasta saciarme, y me obligaban a trabajar todos los días.
Pero nadie alzaba la voz por mí.
Desde el incidente en el estanque, todos me señalaron como una niña cruel y peligrosa. Al fin y al cabo, ni siquiera mis propios padres me querían.
Recuerdo que, antes de subir al auto de lujo para regresar a la ciudad Daniela se giró hacia mí y me sacó la lengua:
—Hermana… ahora voy a vivir tu buena vida.
Lo dijo con ligereza, casi en un susurro que solo yo escuché. Pero esas palabras fueron tan pesadas que me rompieron para siempre.
Ahora, mientras miraba a mis padres y a Fernando, que me observaban como si fuera un monstruo, y veía a Daniela actuando y llorando, perdí toda la fuerza de mi cuerpo.
Tomé mi bolso, tragué el sabor metálico que me llenaba la garganta, los miré con firmeza y dije:
—Me voy. Pero antes, dejemos algo claro: rompamos para siempre la relación entre padres e hija.
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