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Portada de la novela La Falsa Susurradora de Cadáveres

La Falsa Susurradora de Cadáveres

Tras ser asesinada por una familia que la acusaba de profanar difuntos, una dedicada forense despierta en el pasado. Ha regresado al día en que Olivia Montoya, la supuesta 'Susurradora de Cadáveres', anunció su don por primera vez. En su vida anterior, Olivia plagiaba sus detalladas autopsias haciéndose pasar por un milagro. Para evitar su trágico final, la protagonista decide renunciar y trasladarse a un área administrativa, dejando a la farsante expuesta y sin su fuente de información.
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Capítulo 1

Tras presentar mi solicitud para dejar el cargo de jefa de Medicina Forense y pedir el traslado a un puesto administrativo, en la comisaría a todos se les iluminó la cara.

Sonrisas por todas partes. Aprobación unánime.

Solo Olivia Montoya, la nueva forense… la "mejor amiga de la infancia" de mi novio, se vino abajo.

La que se hace llamar la "Susurradora de Cadáveres".

Entró hecha una fiera, me agarró con fuerza de la bata y, con los ojos enrojecidos, soltó:

—Aunque tu técnica ya está pasada de moda, de verdad espero que te quedes. ¡Que sigas dándoles voz a las víctimas!

Le aparté la mano con frialdad, recogí mis cosas y me di la vuelta para irme.

Porque en mi vida pasada, ella se presentaba igual: decía que podía oír los susurros de los muertos y saber lo que habían vivido antes de morir.

Yo me mataba trabajando: autopsia tras autopsia, revisando una y otra vez, redactando informes de autopsia con cada detalle.

Ella, en cambio, solo necesitaba echarle un vistazo al cadáver… y podía recitar mi informe palabra por palabra, sin equivocarse ni una coma.

Las familias de las víctimas la veneraban como si fuera un milagro andante.

A mí me miraban con desprecio. Decían que yo profanaba al difunto, que no lo respetaba.

No lo acepté.

Me negué a rendirme. Me dejaba la vida en cada autopsia… pero ella siempre se me adelantaba, escupiendo toda la verdad como si ya la tuviera en la palma de la mano.

Hasta que una familia, llevada al límite, me odió por ultrajar a su difunto.

Me secuestraron. Me descuartizaron. Y me abandonaron en un baldío.

Cuando volví a abrir los ojos…

Había renacido justo el día en que Olivia anunció, por primera vez, que era la "Susurradora de Cadáveres".

—Ya salió el informe de autopsia.

La voz de un compañero me susurró al oído. Levanté la cabeza de golpe y, frente a mí, estaban esas caras conocidas.

—Estela, ¿cuántas páginas te escribiste esta vez? —se burló alguien, con ese tono cargado de desprecio.

Yo me puse de pie de un salto, con los ojos abiertos de par en par.

Miré la sala de autopsias, tan familiar, y entonces lo entendí: había renacido en el día exacto en que Olivia dijo por primera vez que era una "Susurradora de Cadáveres".

—¿Qué te pasa? —se asustó el compañero al ver mi reacción y preguntó, preocupado.

No tuve tiempo de contestar. Empujé la puerta de la sala de autopsias y corrí directo al escritorio y tomé el informe recién impreso.

En el papel, la letra apretada registraba los resultados de mi trabajo: autopsia tras autopsia, deducciones revisadas una y otra vez.

Me lancé hacia la oficina. Tenía que informar antes de que Olivia lo hiciera.

Pero justo cuando iba a hablar, su voz se adelantó, cortante y segura:

—El livor mortis es de un rojo oscuro. Hay espuma sanguinolenta en la nariz y la boca. La víctima murió por estrangulamiento. El asesino mide alrededor de 1,70 metros. El crimen ocurrió anoche, entre medianoche y la una.

Me giré de golpe.

Ahí estaba Olivia en la puerta, con una mirada firme, como si no cupiera duda.

Se me fue el color de la cara. A mi lado, alguien soltó, incrédulo:

—¿Y tú cómo sabes eso?

Olivia sonrió apenas y lo soltó sin rodeos:

—La verdad, antes no había tenido oportunidad de decirlo. Yo soy una "Susurradora de Cadáveres". Puedo escuchar los susurros de los muertos y saber lo que vivieron antes de morir.

En un instante, sentí que todo daba vueltas. La vista se me nubló.

La escena era idéntica a la de mi vida anterior.

Fue a partir de ese día cuando su "identidad" se esparció como pólvora. Su nombre se disparó. Allá afuera decían que era una diosa, que había bajado al mundo para salvar a los mortales. Que por eso podía hacer que los muertos contaran su historia sin dolor, sin necesidad de que un bisturí volviera a herir sus cuerpos. Que así se evitaban los daños colaterales de una autopsia.

Las familias que ya de por sí temían la autopsia, empezaron a adorarla como a una diosa.

—¿Cuál jefa forense ni qué nada? ¿De qué sirve andar abriendo cuerpos todos los días? Olivia lo dice en una frase y listo. Tú sigues ahí, manoseando los restos del difunto. No respetas a los muertos. Ya verás: te va a ir mal. Te vas a pudrir.

Los insultos me caían encima como una tormenta, pero yo jamás creí en fantasmas ni en dioses.

No podía aguantar esa humillación.

Después, en cada caso, durante cada autopsia, me dejé la piel, intentando demostrarme a mí misma, intentando demostrarles a todos.

Y aun así, una y otra vez, Olivia siempre se me adelantaba, soltando la verdad completa como si la hubiera escuchado de la propia víctima.

Al final, esas mismas familias que no soportaban ni mirar una mesa de autopsias me señalaron como una pecadora, una profanadora.

Me odiaron por manosear el cuerpo de las víctimas.

Y por eso me secuestraron. Me desmembraron con crueldad. Me arrojaron en un paraje abandonado.

Mis padres quedaron destrozados. Se movieron cielo y tierra para exigir justicia, para que castigaran al culpable.

Pero Olivia, amparada en su título de "Susurradora de Cadáveres", se inventó cualquier historia: dijo que yo me había resbalado, había caído por un barranco y que las bestias me habían devorado.

Mis padres no le creyeron. Exigieron que se la investigara, que se la castigara.

Entonces las demás familias, unidas, se les fueron encima. Los hicieron callar para siempre, con la verdad atorada en la garganta.

Jamás imaginé que, al abrir los ojos otra vez, volvería al mismo día: el día en que Olivia se proclamó "Susurradora de Cadáveres".

Esta vez… voy a descubrir la verdad.

Y voy a detener la tragedia.

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