
La Desconocida que Me Encendió en el Show
Capítulo 2
El ambiente en el auditorio estaba que ardía, todos con los ojos clavados en el escenario. Nadie se fijaba en lo que estaba haciendo. Con tanta oscuridad y el gentío, me fui envalentonando cada vez más.
Seguía el ritmo de su cuerpo, moviendo la cadera adelante y atrás. Cada choque me ponía la piel en llamas y ella lo disfrutaba a lo grande; además de empujar hacia atrás, movía ese culote de lado a lado.
Esa fricción contra mi abdomen me volvía loco, como si me recorriera electricidad por todos lados. No me aguantaba las ganas y el movimiento abajo se hizo más fuerte.
La agarré de la cinturita y la pegué contra mí. Fue como si ya estuviéramos cogiendo de verdad. Todo mi cuerpo estaba a punto de estallar.
¡Qué buena idea haber venido al concierto! Cualquier vieja que te encuentras está dispuesta a todo. Miré alrededor: decenas de miles de personas, fácil unas veinte mil mujeres. Aunque me pusiera una por día, en diez años no termino, y casi todas de veinte añitos, puras morritas frescas. Me dio un gusto enorme solo de pensarlo.
Ya no aguanté más la tela de por medio. Me bajé el cierre, me la saqué y se la metí debajo de la faldita de colegiala, bien rico. A través de la tela de la tanga se sentía que estaba empapada, un calor rico que salía de ella. Sin pantalón de estorbo, entraba más hondo.
Sentía cómo estaba apretadita y bien mojada. Qué delicia de vieja, bien apretadita… ni comparación con las otras todas aguadas.
De pronto se le aflojaron las piernas, temblaba sin parar. Menos mal que la tenía bien agarrada de la cintura, si no se cae.
—Ay papi, ya no sigas, me voy a venir… —susurró apenas.
A mí eso me sonó a “dale duro”. La sujeté fuerte y empujé con todo, como si la tanga fuera a romperse.
Cuando nos agarró el reflector, los dos salimos gigantes en la pantalla.
Ahí fue cuando le vi bien la cara: nivel estrella total, preciosa, blanquita, de esas caritas de niña buena. Estaba toda sonrojada, los cachetitos encendidos, con las cejas juntitas, la boquita entreabierta, gimiendo como en plena cogida. No se había dado cuenta de la pantalla, tenía los ojos casi cerrados, perdida en lo que le hacía.
En cuanto vi la cámara, me hice el desentendido y me quedé quieto como estatua.
Ella abrió los ojos, vio su cara en la pantalla y se puso roja como tomate, agachó la cabeza al instante.
El cantante arriba dijo:
—Miren a esta parejita, qué románticos, ¿eh? A ver, cámara, busquen otra parejita enamorada por ahí.
El foco se fue a otro lado. Respiré tranquilo y la abracé otra vez por detrás, apretándola suave. Ya la tenía encendidísima, hablaba jadeando.
—Papi, estás loco, ni te conozco y ya…
Le pellizqué la pancita con cariño.
—¿Ya qué?
—¿Nunca habías hecho esto en un concierto? ¿No te gusta?
Bajó la mirada, toda apenada.
—Nunca he hecho… eso con nadie, qué malo eres.
¡Virgen! Por eso estaba tan apretada y se ponía loca con nada. Me emocioné el doble. Le mordí el lóbulo de la oreja.
—¿Cómo una chica tan guapa sigue intacta?
Se le escapaban risitas, se retorcía toda.
—Acabo de entrar a la uni, mis papás me tienen cortita, ni novio me dejan tener.
Esas siempre son las que más ganas traen guardadas. La agarré de las tetas por detrás, jugué con los pezoncitos. Se derritió en dos segundos y ella misma suplicó:
—Papi, me pica horrible… quiero otra vez lo de hace rato.
—Órale.
Le bajé la tanga de un jalón, dejó esas nalgotas perfectas al aire.
—Separa las piernas y trae la colita pa’tras.
Obedeció al instante, toda expuesta para mí. Yo ya no me aguantaba más entre tanta gente. Le levanté la faldita…
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