
La Contadora Robot: Renuncia y Caída
Capítulo 4
Le contesté al compañero:
—Me duele la cabeza. No puedo ni con los reembolsos.
A eso de las cuatro de la tarde, en el grupo interno ya estaban empezando a llenar de elogios a Andrea.
—¡Andrea sí que resuelve rápido!
—¡Ya era hora! Los que solo se aferran a las reglas ya deberían hacerse a un lado desde hace rato.
Andrea, rodeada de flores virtuales y aplausos, la pusieron en un pedestal. En el grupo, como si estuviera ahí, delante de todos, me etiquetó:
—Violeta, yo creo que tú complicabas demasiado el tema de los reembolsos. Desde que yo lo tomé, todos están contentos.
No le contesté.
Como no obtuvo reacción, se le notó la molestia.
Desde entonces, todos los días me mandaba "avances" a propósito, como si estuviera reportándome.
A diferencia de antes, aprobaba todas las solicitudes de anticipos de las áreas de negocio. Incluso agregaba montos extra sin pestañear.
Leí el mensaje: "Aprobado: el equipo de Ventas 2 — gasto de integración del segundo semestre: 100,000 USD".
Y no le advertí nada.
El equipo de Ventas 2 llevaba dos trimestres seguidos en pérdidas. Rafael ya estaba hablando de recortes de personal.
Además, Mónica se paseaba a diario frente a mí con ropa nueva y bolso nuevo. En cuanto cruzábamos miradas, levantaba la barbilla, altanera:
—Hay gente que se cree la gran cosa por "cuidar las cuentas" y hasta se pone de malas. La verdad… no es más que un perro guardián. Si el perro no obedece, se cambia y listo.
Andrea iba pegada a ella, haciéndole la segunda en todo, como su sombra.
—¿Ese bolso es de piel de cocodrilo, verdad? Dígame cuánto cuesta y lo cargo de inmediato al reembolso.
Un compañero se acercó a preguntar:
—Violeta, falta un dólar en el cuadre. ¿Quieres que juntemos a todos para revisarlo?
Me froté las sienes.
—Me duelen los ojos. De verdad ya no me da para más.
Andrea se metió en medio y empujó al compañero a un lado.
—¿Revisar qué? ¡Qué fastidio! Es un dólar, yo lo pongo y listo.
Luego se acercó otro:
—Violeta, ya se nos vence el plazo para presentar la declaración de impuestos. ¿Qué hacemos?
Andrea puso los ojos en blanco.
—¿Declaración? Violeta no sirve. Lleva años y ni así entiende de impuestos. Ya verán: yo invito a comer un par de veces a la gente correcta, les hago atenciones y nos ahorramos un dineral.
Las miré como se mira un barco agrietado, avanzando rumbo al fondo.
Esta vez, yo no me subía a ese barco.
***
Pronto llegó el cierre de fin de mes.
Confirmé que ya estaba todo respaldado y entregado: archivos, accesos, carpetas, correos.
Abrí el sistema de Recursos Humanos y presenté la solicitud para que me pagaran en efectivo los días de vacaciones que me quedaban.
Al instante, me llegó la respuesta de Mónica:
—Te aprobé las vacaciones. Total, aquí nada más estorbas. ¡Vete de una vez!
No me sorprendió.
Cerré la computadora, satisfecha, y me levanté para irme.
Pero apenas me puse de pie, sonó el celular.
Era Rafael.
Su voz sonaba mal, durísima y con un miedo que ni podía esconder; sonaba extraña.
—Violeta, ¿qué demonios estás haciendo? ¿Dónde está el dinero de la cuenta de la empresa? ¡Salieron decenas de transferencias, casi ochocientos mil dólares en total! ¿Dónde está mi dinero?
Yo respondí con la misma calma de siempre:
—La cuenta de la empresa la está manejando Andrea por instrucción directa de Mónica, y con el visto bueno de los directores de las áreas de negocio. Lo que aprobó y cómo lo aprobó, no lo sé.
En ese momento, afuera se oyeron pasos corriendo.
Un compañero entró pálido, hecho un manojo de nervios:
—¡Viene gente de la autoridad tributaria! Dicen que se les activó una alerta en el sistema y que vienen a hacernos una revisión fiscal.
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