
Justicia De Plata
Capítulo 3
Braden llegó rápido y, pocos minutos después, la puerta de hierro de la bodega de desechos fue derribada con una fuerza brutal. Entró corriendo con dos guerreros de élite; sus ojos brillaban con una luz dorada que prometía muerte.
Cuando me vio cubierta de sangre y tirada en el suelo, un gruñido bajo y asesino salió de su garganta. Quería lanzarse sobre Nina y arrancarle el cuello, pero sacudí la cabeza ligeramente para detenerlo.
Prefería cortar el problema de raíz y terminar con todo de un solo golpe. Todavía no era el momento adecuado.
Tomé la tarjeta bancaria que él traía y se la aventé a Nina a los pies.
Nina agarró la tarjeta y revisó el saldo con avaricia. Cuando vio la cifra, asintió satisfecha.
—Mira, al menos eres un poco inteligente —dijo con tono burlón.
Luego, movió la mano como si estuviera espantando a un perro callejero que le molestaba.
—Lárgate de una vez. Si te atreves a intentar algo otra vez, yo misma voy a meterte la cara en ácido sulfúrico.
No respondí. No podía decir ni una palabra, porque cada vez que respiraba sentía que las heridas se me abrían.
Braden me cargó con mucho cuidado, como si yo fuera de cristal, y me sacó de ese infierno. La luz del sol, de la que sentía que me habían privado por una eternidad, me caló en los ojos y me obligó a entornarlos.
Braden examinó mis heridas con atención. Su voz temblaba por la culpa y el remordimiento cuando habló.
—Debí llegar antes. Debí haber... Diosa mía, ¿qué fue lo que te hizo?
—Estas heridas no me van a matar —le dije con voz dura—. Pero vamos a ajustar cuentas por esto, eso te lo aseguro.
—Ese imbécil de Xander... Su manada Lighthall solo sobrevive gracias a la protección de la Manada Frostmoon, ¡y aun así dejó que esa loba te lastimara! —Braden apretó la mandíbula—. Voy a reunir a nuestro ejército para arrasar con este lugar.
—Espera un poco más —solté con una sonrisa burlona—. Se buscó una gran noviecita. Quiero que vea con sus propios ojos cómo lo arruina esa idiota.
Marqué el número del Sanador Jefe de la Manada Lighthall, que era un lobo veterano a quien yo misma había ascendido.
—Tienes diez minutos para sacar a Nina Tucker de la lista de sanadores. —Mi voz era tranquila, pero no aceptaba una negativa.
El Sanador Jefe al otro lado de la línea estaba tan asustado que apenas podía hablar.
Lo interrumpí.
—Si no lo haces, la Manada Frostmoon cortará todo el suministro de recursos para la Manada Lighthall y... yo misma vendré con mi ejército para destruir su territorio.
Al escuchar el enojo en mi tono, aceptó desesperado, sin atreverse a hacer ni una sola pregunta.
Después de colgar, no perdí ni un segundo antes de decir:
—Vamos a la enfermería de la manada de mayor nivel.
En un solo día, pasé por mi segundo examen físico. Mientras leía el reporte que decía: “Quemaduras extensas en grandes áreas del cuerpo y envenenamiento moderado por plata”, la furia en mi pecho ardió con más fuerza.
Xander podía elegir entre rogar por mi perdón o sufrir las consecuencias de sus actos.
Una vez que trataron mis heridas, mi guardia ya se había reunido. Más de una docena de autos blindados negros rugieron en dirección a la mansión de Xander.
Qué ironía. Hasta esa mansión había sido un regalo mío.
En ese momento, desde la mansión se escuchaban risas escandalosas, música y el tintineo de las copas. Con razón no me contestó la llamada antes; estaba muy ocupado en una fiesta.
Antes de entrar, escuché una voz llorosa. Era Nina, que estaba hablando de mí.
—Ella arruinó las pociones que me compraste. Solo le pedí que las pagara, ¡pero me pegó, me insultó y hasta me aventó una tarjeta en la cara para humillarme! La dejé ir para no armar un escándalo, pero seguro tiene algo con el Sanador Jefe de la manada. ¡Hizo que me quitara de la lista de sanadores! Lo hizo sabiendo que soy tu compañera. Se nota que no te respeta...
Dentro de la mansión, los lambiscones de Xander empezaron a hablar al mismo tiempo, ansiosos por castigar a la “tonta presumida” que Nina mencionaba.
Xander besó a Nina con cariño, con adoración.
—No te preocupes. ¡Nadie más que yo puede meterse con lo que pasa en mi manada! Te lo juro, en cuanto encierre a esa loca en una celda de plata y le rompa el orgullo, ¡voy a hacer que venga a pedirte perdón de rodillas!
Los invitados soltaron gritos de entusiasmo.
—¡Genial! ¡Alfa Xander, solo danos la orden y vamos por esa basura!
—¡Así se habla! Que sepa quién manda en este territorio. ¡Le vamos a dar una lección!
En ese instante, una daga de plata entró volando. Se clavó con precisión en el centro de la mesa del comedor, partiendo un plato a la mitad. La música y las risas de la multitud se detuvieron. Todos temblaron mientras miraban hacia la entrada, de donde había venido la daga.
Yo estaba parada ahí, de brazos cruzados. Detrás de mí había una fila de guerreros de élite, y todos emanaban una mirada asesina.
—Aquí estoy. A ver, ¿quién era el que quería darme una lección?
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