
Hundida en su amor
Capítulo 2
Aunque fuera solo que me sujetara por los hombros y me besara con fuerza… habría sido suficiente, pero esta ya era la novena vez. Cada vez que, llena de ilusión, intentaba dar un paso más con él, terminaba apartándome.
Me levanté de golpe y salí dando un portazo.
En casa de mi mejor amiga, mi teléfono no dejaba de vibrar.
—¿No vas a contestar? —preguntó Natalia, inclinando la cabeza mientras me observaba.
Levanté la cabeza y me bebí de un trago un gran sorbo de tequila. El licor ardiente me quemó la garganta hasta dejarme un sabor amargo. Apagué el teléfono sin pensarlo dos veces y no pude evitar quejarme:
—Estos cigarrillos están demasiado fuerte, con uno solo ya siento la garganta hecha polvo.
Natalia jugaba con la cajetilla entre los dedos.
—Pero hay que admitir que el diseño está genial, ¿no?
En realidad, tampoco pensaba ocultarlo. Sobre todo porque había algo que simplemente no lograba entender.
—¿Por qué Mateo se niega a tocarme de verdad? —dije frustrada—. ¿Será que en realidad le gustan los hombres?
Negué con la cabeza.
En la preparatoria, Mateo había salido con la capitana de las porristas. Después de eso, muchas chicas atractivas se le insinuaron, pero él siempre las rechazó.
De repente, una idea cruzó por mi mente; entrecerré los ojos.
—Seguro sigue pensando en mi hermana… la que se fue a Lumière.
En realidad, quien debía casarse con Mateo era mi hermana, Victoria. Pero ella, por ese supuesto “amor verdadero”, se fue al extranjero con un pintor pobre.
Mateo siempre se había comportado como el caballero perfecto. En estos seis meses de matrimonio, excepto en la cama, en todo lo demás me complacía sin condiciones.
Pero cada vez que me tocaba con las manos, mientras yo me dejaba llevar por el momento, él siempre mantenía la calma y el control. ¿Será que mi cuerpo… le resulta desagradable?
Al pensarlo, la poca razón que me quedaba se rompió al instante. Una sensación de humillación me inundó el pecho. Golpeé el vaso con fuerza contra la mesa.
—¡Ya lo decidí!
Natalia se sobresaltó.
—¡Me voy a divorciar!
Un hombre así de inútil, por muy guapo que sea, no vale la pena. No es como si fuera el único hombre en el mundo.
—Está bien, está bien, deja de beber —dijo Natalia, pensando que estaba borracha, mientras me arrastraba al baño para que me duchara.
Ella acababa de hacerse una manicura exagerada llena de brillantes, y además se movía mucho mientras dormía. Cuando desperté al día siguiente, tenía varias marcas rojizas en el cuello que me había hecho sin querer.
En cuanto encendí el teléfono, estaba lleno de llamadas y mensajes de Mateo.
Cuando regresé a la villa y lo vi en casa, me sorprendí bastante. El salón estaba impregnado de un fuerte olor a nicotina. El cenicero estaba lleno de colillas de cigarro.
Levantó la cabeza; su rostro, de fracciones marcadas, tenía un aire imponente.
—¿Ya volviste?
Su voz estaba terriblemente ronca. Pero cuando vio las marcas rojas en mi cuello, su expresión se tensó de inmediato. Su mirada se volvió oscura y aterradora en un instante.
La noche anterior había dormido fatal, y mi garganta me dolía por el alcohol y el cigarro. No tenía ánimo para discutir con él. Justo cuando iba a decir algo, lo interrumpí con la voz ronca y, levanté la mano para detenerlo.
—Anoche terminé cansada… subiré primero.
No estaba bromeando, realmente pensaba divorciarme. Un matrimonio sin sexo no era lo que quería.
Aquella noche terminé con una fiebre muy alta. La cabeza me daba vueltas. La puerta del dormitorio se abrió y el olor del gel de baño de Mateo me mareó por un instante. Fruncí el ceño.
—No me toques.
Su cuerpo se tensó un instante.
—Entonces dime… ¿quién quieres que te toque?
Su voz era baja, como si estuviera reprimiendo algo, pero aun así trató de hablarme con suavidad.
—Vamos… tómate la medicina.
La punta de sus dedos, ligeramente fría, rozó mis labios y, la otra mano que tenía en mi cintura se tensó de repente. Sus ojos se quedaron fijos en mis labios enrojecidos por la fiebre, y su respiración se volvió profunda y acelerada.
A mí solo me resultaba incómodo que me abrazara así, así que me giré y me metí entre las sábanas.
—Ya tomé la medicina. Puedes salir.
Entre la confusión de la fiebre, me pareció volver a escuchar el sonido del agua corriendo en el baño.
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