
Fui Su Secreto Compartido
Capítulo 7
Hice un esfuerzo para levantar mi cuerpo, que aún no se recuperaba, y caminé furiosa hacia el cuarto de hospital de Isabella. La puerta estaba sin seguro. Entré y la vi de pie junto a la ventana, sosteniendo el anillo con relicario de mi abuela mientras lo balanceaba bajo la luz del sol.
—Eres una asesina...
Un odio me quemaba el pecho; era un sentimiento tan intenso que me dolía respirar. Imaginé la cara de mi abuela en sus últimos momentos, con los ojos llenos de lágrimas. Todo encajaba ahora: por eso había insistido tanto en ver a Dante. Sabía por todo el infierno que yo había pasado y estaba desesperada por encontrar a alguien que me protegiera.
Pero su último deseo nunca se cumplió.
La voz de Isabella resonaba en mi cabeza, burlándose de mí.
—Pues llama a la policía. ¿A quién crees que le van a creer?
Tenía razón. Era como antes, cuando me acosaba en la escuela. Nadie me escucharía.
—Dámelo —dije con dificultad, casi sin aire—. Es lo único que me dejó mi abuela.
—¿Ah, hablas de esto? —Sostuvo el anillo en lo alto, por fuera de la ventana—. Es una antigüedad muy bella, pero siento que le va mejor a alguien como yo.
Sentía angustia.
—Te lo advierto por última vez. Devuélveme el anillo.
—¿Que te lo devuelva? —Sonrió de forma cínica mientras lo alejaba más por la ventana—. Entonces híncate y ruégame. Como un perro. Tal vez así lo piense.
—Ni lo sueñes.
—¿No piensas hincarte? —De pronto, Isabella aflojó los dedos—. Bueno, ¿entonces qué pasaría si yo tuviera un pequeño... accidente?
Observé con horror cómo el anillo de mi abuela caía desde la ventana del rascacielos, dibujando un arco en el aire antes de desaparecer de mi vista.
—¡NO!
Me abalancé hacia la ventana, intentando atrapar algo, lo que fuera, pero era demasiado tarde. En ese instante, Isabella me sujetó del brazo cuando yo estiraba la mano hacia afuera. Entonces, en cuanto Dante y Marco entraron por la puerta, ella gritó desgarradoramente.
—¡Ayuda! ¡Rose me quiere aventar por la ventana! ¡Se volvió loca! ¡Me quiere matar!
—¡¿Qué?! —Dante se puso rígido y corrió hacia nosotras.
—¡No es cierto! —Forcejeé para soltarme del agarre de Isabella—. ¡Ella tiró mi anillo por la ventana! ¡Es una trampa!
—¡Cállate! —Dante me alejó de la ventana de un jalón, con una mirada de furia—. ¿Estás loca? ¡Estamos en el décimo piso! ¿En serio intentaste matarla?
—¡En serio que no la empujé! Ella me provocó, lo hizo a propósito...
¡PLAF!
Una cachetada ardiente me cruzó la cara, cortando mis palabras. Me dolía la mejilla y sentí el sabor de la sangre en la boca.
—¡Basta! —Los ojos de Dante desbordaban furia—. ¿Tantos celos tienes que eres capaz de matar?
—Tengo miedo... —Isabella sollozó y se refugió en sus brazos—. En serio intentó empujarme. Si hubieras llegado un segundo después, yo...
—Me decepcionas más de lo que imaginas —dijo Marco con una voz de asco—. Pensé que tenías algo de ética.
—¡Que no la empujé! ¡En serio que no! —Grité, intentando que vieran la verdad—. ¡Me amenazó con el anillo de mi abuela! ¡Lo tiró!
Pero nadie me creyó.
—Sácala de aquí —le ordenó Dante a Marco con voz cortante—. No dejes que se vuelva a acercar a Isabella.
—No, tienen que escucharme...
Antes de que pudiera defenderme, Dante y Marco me agarraron de los brazos y empezaron a sacarme a rastras de la habitación. Forcejeé y traté de zafarme, pero ellos eran demasiado fuertes.
Mientras me arrastraban por la puerta, nuestras miradas se cruzaron. Isabella me estaba sonriendo; era una mueca venenosa y triunfante.
Gesticuló una sola palabra en silencio: “Idiota”.
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