
Esta vez mi historia se escribe sin ti
Capítulo 2
Me di la vuelta bajo miles de miradas atónitas y me fui sin el menor apego.
Ya en la mansión de los Torres, me quité el vestido aparatoso que me pesaba como una losa.
Soy la arrastrada de Federico; lo sabe hasta el portero.
Cualquier cosa que tuviera que ver con él, yo la planeaba veinte pasos por delante.
Después le dejaba todo perfectamente organizado.
Más de una vez se quejó de que el trabajo lo agotaba y necesitaba relajarse.
Así que adapté su agenda y le armé un viaje a Hawái.
Decía que extrañaba aquellas playas y ese mar.
Pero en mi vida anterior Federico nunca aceptó ir.
Prefirió irse de campamento a la montaña con Rosalind.
A mí me ordenó que los acompañara.
En medio de un diluvio, me mandó a buscar la pulsera de Rosalind.
Terminé rodando por un barranco y me fracturé la pierna.
Pasé dos meses enteros postrada en el hospital.
Esa sensación de caer al abismo no la quiero repetir jamás.
Alejarme de Federico es el primer paso.
Empaqué rápido, tomé mis documentos y bajé las escaleras.
Justo entraba Federico, impecable con su traje.
Al verme, soltó una carcajada helada, me arrebató la maleta y la lanzó al suelo.
Fruncí el ceño: —¿¡Qué te pasa!?
—¡Clementina, la pregunta te la hago yo!
—¿Cuántos años tienes para seguir con la pataleta de escaparte de casa?
—¿Qué sigue? ¿Dejar otra nota de suicidio?
Federico resoplaba, mirándome con asco mientras disparaba sus reproches.
—¿No te parece infantil? ¿Otra vez vas a chantajearme con quitarte la vida?
Sacudí el polvo de la maleta y le respondí, palabra por palabra:
—¿Quién te dijo que pienso suicidarme?
Si monstruos como tú y Rosalind —uno con corazón de pierda y la otra sin entrañas— siguen vividos y coleando…
¿por qué demonios me quitaría yo la vida ahora que he renacido?
Federico soltó una risita helada; sus ojos destilaban desprecio.
Tras él apareció Rosalind y habló con voz melosa:
—Clementina, si querías venir a la fiesta solo tenías que decirle a Federico. Se criaron juntos, casi como hermanos. ¿Cómo iba a negarte la entrada?
—Eso de amenazar con suicidarte funciona una vez; la segunda es ... como el pasor mentiroso, nadie te va a creer.
La indirecta quedó flotando.
La repulsión en los ojos de Federico creció.
Los recuerdos me golpearon en desorden.
Entonces recordé algo.
En la preparatoria, cuando Federico empezó a salir con Rosalind,
su trato hacia mí cambió de la noche a la mañana.
En mi rabia dejé un mensaje diciendo que me tiraría al río.
Sus padres se asustaron.
Le ordenaron a Federico terminar con Rosalind.
Desde entonces Federico me detestó, me ignoró, se negó a hablarme.
El grupito de Rosalind me aisló, me acosó, y él hizo la vista gorda.
Lo miré directo: —Te equivocas. No pienso suicidarme. Empaqué porque tengo que tomar un vuelo a Hawái.
Federico bufó, convencido de que era una excusa barata para salvar mi orgullo.
Rosalind le tiró de la manga.
—Cariño, ¿por qué no dejas que Clementina venga con nosotros? Da penita verla así.
Federico frunció el ceño, a punto de ceder.
Volví a negarme: —No hace falta. Me voy a Hawái.
El gesto elegante de Federico se tensó: —¿Oyeron? ¡La señorita se va a Hawái!
—Clementina, no hagas berrinche en un momento así.
Rosalind suspiró y me tomó del brazo.
Sus uñas afiladas se clavaron en mi carne donde nadie podía ver.
El dolor me hizo empujarla.
Rosalind cayó al suelo, se cubrió la mano con gesto frágil y me miró temblando, incrédula.
—¡Clementina…!
También te podría gustar





