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Portada de la novela En Vivo: La Hundí con Pruebas en Su Boda

En Vivo: La Hundí con Pruebas en Su Boda

Tras ser expuesta en TikTok por su empleada Blanca, quien la acusa de negarle la licencia matrimonial y ser una explotadora, Samantha enfrenta el acoso masivo de las redes sociales. Decidida a no ceder ante la presión digital y las amenazas, la jefa inicia una transmisión en vivo para confrontar la situación. Con una postura firme, Samantha reta a Blanca a llevar el caso ante los tribunales laborales, desatando un debate que deja a la empleada sin escapatoria ante la mirada de miles de espectadores.
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Capítulo 3

El consejo directivo lanzó un comunicado público: “Dado el comportamiento personal reprobable de la señora Samantha Vázquez, que ha causado un daño irreparable a la marca, por decisión unánime , a partir de hoy se le destituye de su cargo como CEO y se congelan todas sus acciones.”

Me “despidieron” de la empresa que yo misma había fundado, y apenas se supo, las redes lo celebraron como si fuera fiesta nacional.

Ese mismo día fue la boda de Blanca.

Abrió un en vivo de principio a fin, con más de cien mil personas conectadas. Iba con un vestido de novia carísimo, hecho a medida, maquillaje perfecto, radiante, disfrutando su momento más grande, como si el mundo entero le debiera aplausos.

En pleno en vivo, alguien volvió a mencionarme.

“¿Y la jefa malvada? ¿Ya se murió?”

Blanca se tapó la boca y fingió hacerse la generosa.

“Ay, no la mencionen, hoy es mi día. Además, hasta me da lástima, ahora ya no le queda nada.”

Pero en sus ojos se le veía lo que de verdad sentía: orgullo, burla y provocación.

“Si de verdad cree que falsifiqué documentos o que engañé a la empresa en algo, entonces que me demande.”

Se rió, tranquila, como si nada.

“Aquí la espero con su demanda.”

El chat se llenó de carcajadas.

“JAJAJA, ¿con qué dinero va a pagar un abogado ahora?”

“¡Que demande, que demande! A ver si puede.”

“Blanca, ni te acuerdes de esa loca.”

Mi celular volvió a sonar: era mi mamá, y en su voz ya no había regaño: era casi una súplica.

—Samantha, te lo ruego… Tu papá está delicado del corazón, lo hospitalizaron. Ya no seas tan terca; ya estamos grandes, de verdad no aguantamos tanta presión…

Corté la llamada.

Y entonces me llegó el último mensaje de Patricia, la exsubdirectora a la que terminé arrastrando conmigo:

“Samantha, ya me rendí. No puedo con ellas. Soy una persona normal. Tú también, acéptalo.”

No le respondí.

Me quedé mirando la pantalla del en vivo, viendo cómo Blanca y el novio estaban a punto de intercambiar los anillos.

Era el momento.

Apagué el en vivo.

***

En el salón, la música subió al clímax.

—¡Ahora sí, el novio puede besar a la novia!

El lugar entero estalló en gritos y aplausos.

¡Pum!

Justo en ese instante, la puerta del banquete se abrió de golpe con un estruendo que se tragó la música.

Todas las miradas, las de los invitados y las de las cámaras, se voltearon al mismo tiempo hacia la entrada.

La sonrisa de Blanca se le congeló en la cara.

Cuando me vio, se le fue el color y levantó el brazo para señalarme, chillando como si le hubieran clavado un cuchillo.

—¡Seguridad! ¡Saquen a esa loca! ¡Vino a arruinarme la boda!

Los guardias corrieron.

Yo no me detuve. Ignoré sus gritos, las caras pasmadas a los lados y seguí caminando recto, sin desviarme, hasta subirme al escenario.

El novio se me plantó enfrente, furioso.

—¿A qué vienes? ¡Lárgate!

Le quité el micrófono de la mano y sonreí, mirándola de frente.

No alcé la voz, pero con los altavoces llegó a cada rincón del salón.

—No tengas miedo, Blanca. Vine a traerte un regalo.

Luego me giré hacia las cámaras y a todos los invitados.

Levanté la USB que traía en la mano.

—¿No querías demandarme? Yo vine a entregarte la prueba.

Caminé hasta la cabina de control de la boda; antes de que el personal reaccionara, conecté la USB a la computadora.

En la pantalla apareció un documento, nítido, imposible de negar: su contrato de trabajo, con fecha de ingreso.

En ese instante, el chat del en vivo se quedó en silencio.

Tomé el puntero láser y el punto rojo cayó justo sobre el dato clave: la fecha. Era el día anterior al día en que pidió la licencia por matrimonio.

El salón se quedó en silencio durante tres segundos.

Y después… una ola de gritos, un “¿QUÉ?” colectivo, un escándalo que reventó como una marea.

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