
El Imperio Siempre Fue de Mi Madre
Capítulo 4
Pero en el gesto de aquella mujer se leía una crueldad evidente y una prepotencia asfixiante.
—¡Marcela! ¡Mi niña! ¿Quién te hizo esto?
Apenas entró, la mujer se abalanzó hacia Marcela y empezó a revisarla de arriba abajo, como si su hija hubiera sufrido la mayor injusticia del mundo.
En cuanto Marcela vio que su madre había llegado a respaldarla, señaló de inmediato a mi hermana y a mí, exagerando cada palabra:
—¡Mamá! ¡Fueron ellas dos! Dora insiste en quitarme el cupo de intercambio, y su hermana todavía la defiende. ¡Hasta dijeron que nuestra familia no respeta las reglas!
Al oír eso, a la mujer se le endureció el gesto de inmediato.
—¡Qué atrevimiento!
Me recorrió con la mirada de arriba abajo y habló con un tono lleno de desprecio.
—Que mi Marcela quiera ese cupo ya es una bendición para ustedes. ¿Saben qué clase de familia es la familia Guerra? ¿Y ustedes quiénes se creen? ¿Con qué piensan competir?
Hizo una pausa, y su voz se elevó de pronto, llena de alarde y amenaza.
—Marcela es la única hija de la familia Guerra. Si se atreven a meterse con ella, se meten con toda la familia Guerra. Más les vale pensar bien con quién se están metiendo.
—¿Usted es la señora Guerra?
Miré aquel rostro completamente desconocido, y mis dudas se hicieron cada vez más intensas. A esa mujer yo no la conocía en absoluto.
Mi mamá venía de una familia culta y distinguida. Tenía una presencia fría y elegante.
Nunca le habían gustado las joyas ostentosas, y mucho menos hablaría con ese tono vulgar y escandaloso.
Entonces, ¿mi papá de verdad tenía una amante?
Ese pensamiento me heló la sangre.
La mujer siguió hablando con ferocidad:
—¡Entonces se los voy a decir clarito!
Señaló a Dora y le ordenó a Ricardo:
—¡Ese cupo de intercambio tiene que ser para Marcela! Quien se atreva a objetar, se pone en contra de toda la familia Guerra. ¡Les ordeno que ahora mismo le pidan disculpas a Marcela y a mí!
Marcela se colgó del brazo de su mamá y nos miró con satisfacción maliciosa, echando todavía más leña al fuego.
—Mamá, una disculpa no basta. Hace rato fueron demasiado arrogantes. Tienen que arrodillarse y pedir perdón.
La mujer le acarició el cabello con una sonrisa maliciosa y asintió.
—Tienes razón. Pónganse de rodillas y pidan perdón. Si no, este asunto no termina aquí.
—¡Ni lo sueñen!
Dora temblaba de rabia. Aunque era introvertida, en el fondo tenía una terquedad que no se dejaba doblegar.
—¡Ah, muy bien! ¿Todavía te haces la valiente?
Marcela se enfureció. Sacó el celular y volvió a marcar un número.
—¡Papá! ¡Ven rápido a mi universidad! ¡Mamá y yo estamos siendo humilladas! Si no vienes, van a pisotear a tu esposa y a tu hija.
Después de colgar, el rostro de Marcela se llenó de una seguridad arrogante, como si ya tuviera la victoria en las manos.
Unos diez minutos después, la puerta de la oficina se abrió de golpe.
Al ver a la persona que entró, mi hermana y yo nos quedamos heladas.
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