
El Blanco Ocaso De Un Alfa Sin Alma
Capítulo 3
Esa noche, Alexander me arrastró hasta el centro de curación. El aire estaba saturado con el aroma de las hierbas. El viejo sanador mezclaba un líquido fétido en un cuenco que burbujeaba con una espuma de un tono verde enfermizo.
—¡¿Qué diablos es esto?! —preguntó mientras observaba el recipiente.
Alexander no respondió. Les hizo una seña a los guardias que lo seguían. Dos de ellos, corpulentos y decididos, se lanzaron hacia adelante y me sujetaron los brazos.
—¡¿Qué estás haciendo?! —Luché con todas mis fuerzas, pero su agarre era inamovible.
—Es una poción para esterilizar —dijo el sanador con voz ronca—. En cuanto te la tomes, no podrás volver a quedar embarazada.
Sentí un escalofrío que me recorrió toda la columna.
—¡No! ¡No pueden hacerme esto!
Alexander se puso en cuclillas e intentó tocarme la cara, pero me aparté bruscamente.
—Esto es por tu propio bien —su tono era suave, pero sus palabras resultaban crueles—. Tu loba está dormida. Tu cuerpo no podría resistir el esfuerzo de gestar a un heredero Alfa. En lugar de arriesgar tu vida con otro embarazo, la esterilización es la opción más segura. Es lo mejor para tu salud.
—¡¿Qué clase de estupidez es esa?! —Le lancé una mirada de odio—. ¡Mi loba está dormida porque tú me envenenaste!
Alexander se quedó sin aliento por un instante y un rastro de inquietud cruzó por sus ojos, pero lo reemplazó con una actitud de profundo dolor.
—¿Veneno? Ivy, de nuevo estás imaginando cosas. Tu loba no dejó de manifestarse por mi culpa; se alejó debido a tu embarazo. —Se acercó más y me apartó un mechón de cabello que me caía sobre la frente—. Como sea, ahora podemos concentrarnos en criar a Lucas. Él será un gran heredero.
Se puso de pie y asintió al sanador para que comenzara.
—Y además, pase lo que pase, tú siempre serás mi única Luna.
Los dos guardias me apretaron las mejillas, obligándome a abrir la boca. Vaciaron el líquido asqueroso por mi garganta. Tuve arcadas e intenté escupirlo, pero me taparon la nariz y me obligaron a tragar.
—No... no lo hagan... —Mi voz ya se estaba apagando.
En cuanto el líquido llegó a mi estómago, un dolor horrible se extendió por todo mi vientre. Sentía como si mil cuchillos me atravesaran por dentro. Me acurruqué en el suelo mientras la agonía me recorría y el sudor empapaba mi ropa. El dolor se volvió más intenso, destrozándome desde las entrañas.
Usé el último aliento que me quedaba para mirarlo.
—Te odio... te odio...
Entonces, la oscuridad me envolvió.
Desperté en mi recámara un día después. El cuerpo todavía me punzaba, pero el dolor agudo había desaparecido. En ese momento lo supe: nunca volvería a tener hijos.
Empujé la puerta y salí al pasillo. Había varias bolsas de basura amontonadas afuera del cuarto de Ethan, llenas de sus juguetes, ropa y dibujos. En la puerta colgaba un letrero nuevo: Lucas.
La puerta de la recámara principal, la mía, estaba cerrada. Desde adentro, escuché la voz suave de Sophia arrullando a Lucas para que se durmiera. Quería romper todo lo que tuviera enfrente, pero me contuve. “Solo un poco más. Hoy termina todo”.
—Parece que ya te acostumbraste a los cambios.
Sophia salió de la habitación principal con un collar exquisito en las manos. El dije era un pequeño frasco de cristal que contenía un polvo grisáceo.
Me quedé helada. Eran las cenizas de Ethan. Yo había guardado una pequeña parte después de su cremación para tenerlo siempre cerca de mí.
—¡¿Qué haces con eso?! —Mi voz temblaba.
Sophia acarició el dije con el dedo y mostró una sonrisa burlona.
—Esta basura quita mucho espacio en el joyero. Pensé que, como ya no sirve de nada, lo mejor sería tirarla.
—¡No! —Me abalancé sobre ella—. ¡Dámelo! Es mi hijo...
Pero Sophia estaba preparada. Dio un paso atrás y, a propósito, abrió la mano. El collar cayó al suelo. El frasco de cristal se rompió y las cenizas se esparcieron por toda la madera.
—Vaya. Se me resbaló —dijo fingiendo inocencia—. Fue mi error.
La furia me cegó. Levanté la mano y le solté una cachetada con todas mis fuerzas.
¡Zas!
El sonido seco resonó por todo el pasillo. Sophia se llevó la mano a la cara y las lágrimas le brotaron de inmediato.
—¿Cómo pudiste pegarme? Fue un accidente...
—¿Un accidente? —Mi voz sonaba ronca—. ¡Lo hiciste a propósito! ¡Profanaste las cenizas de mi hijo!
En ese momento, Alexander subió las escaleras corriendo.
—¡¿Qué está pasando?! Escuché gritos... —Vio la marca roja de Sophia y los restos en el suelo—. ¡¿Por qué sigues golpeando a todos?!
—¡Destruyó las cenizas de Ethan! —Señalé el polvo gris en el suelo y se me quebró la voz—. ¡Era lo último que me quedaba de mi hijo!
Alexander arrugó la frente mientras miraba los vidrios rotos.
—No hagas un escándalo por lo insignificante.
—¡¿Insignificante?! —Lo miré sin poder creerlo.
—Lo que quiero decir... —Alexander se dio cuenta de que había usado las palabras equivocadas e intentó corregirse.
—Claro, entiendo que estés mal. Pero Sophia no lo hizo a propósito. Mira, haré que el joyero te haga un collar nuevo. Uno mucho más bonito que ese. —Se acercó a mí para tratar de calmarme—. Deja de causar problemas. Hoy tenemos asuntos importantes. El banquete está por empezar y tenemos que anunciar oficialmente a Lucas como el heredero.
Los ojos de Alexander brillaron de entusiasmo.
—¿Y qué crees? ¡El Rey Alfa envió a un representante para asistir al banquete! ¡Esta podría ser nuestra oportunidad de formar una alianza con la Manada Imperial! —Me tomó de la mano, ignorando mi furia—. Ve a cambiarte. Necesitamos dar una buena impresión esta noche. ¡Esto es fundamental para el futuro de nuestra manada!
En ese instante, mi celular vibró. Miré la pantalla y vi un mensaje de mi padre.
“James ya llegó”.
Guardé el celular y asentí.
—Está bien. Me arreglaré.
Alexander sonrió, satisfecho.
—Esa es mi chica. Esta noche será un momento histórico para nosotros.
Me di la vuelta y me alejé, caminando hacia la salida trasera de la casa de la manada.
***
Detrás de la montaña, un helicóptero negro esperaba en silencio en el claro. Un hombre de mediana edad, vestido con un traje oscuro impecable, estaba junto a la puerta de la cabina. Era James, el Beta Imperial de mi padre.
—Princesa —James hizo una reverencia—. El Rey me pidió que le entregara esto.
Me dio un frasco pequeño con un líquido que emitía una suave luz plateada.
—El antídoto para el veneno de lobo.
Tomé el frasco y me lo bebí sin dudarlo. En el momento en que el líquido entró en mi sistema, sentí un poder inmenso recorrer mis venas. Mi loba, mi loba blanca que había estado dormida por tres años, comenzó a despertar.
Sonreí amargamente y mi mirada se volvió cortante.
—Vamos. Alexander está esperando para darle la bienvenida al enviado de la Manada Imperial.
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