
El Alfa De Las Dos Lunas Llenas
Capítulo 3
Para cuando terminé de hacer todo, la lluvia ya había empapado el dobladillo de mi vestido. Al bajar el celular, este comenzó a sonar; era mi mamá.
—Te preparé unas hierbas medicinales y algunas cosas para el recién nacido, y fui a dejártelas —dijo con su voz suave y familiar—. La casa estaba vacía, ¿en dónde están Gavin y tú?
Hubo un silencio y luego dejó escapar un suspiro tranquilo.
—Te falta tan poco para dar a luz. No deberías estar en la calle tan tarde, y menos con esta lluvia. Estás en pleno periodo de anidación. Tu cuerpo necesita calma, no estar de un lado para otro.
Su preocupación era dulce y práctica, de esas que nacen del instinto de la manada y no del pánico. Eso fue lo que terminó por romperme. El sonido de su voz atravesó las barreras que yo misma había levantado para no derrumbarme.
El dolor en mi interior creció, de forma repentina e incontrolable, como si algo vivo intentara desgarrarme el pecho desde adentro. Apreté los labios, obligando a esa emoción a quedarse guardada. Resistirme me dolía tanto que las manos me empezaron a temblar.
—Estoy bien, mamá —dije con un tono ligero, demasiado fingido—. Solo salimos a cenar. Estoy teniendo cuidado, Gavin está conmigo.
La mentira me supo amarga en cuanto salió de mi boca. Sabía que si decía algo más, la voz me iba a traicionar.
—Está lloviendo —añadí rápido—. Maneja despacio, por favor. Avísame cuando llegues a casa.
Corté la llamada antes de que pudiera decir otra cosa. Me quedé ahí un largo rato, respirando apenas, mientras la lluvia me resbalaba por el cabello y los hombros. No solo tenía el corazón destrozado. Estaba atrapada entre dos realidades: el compañero que me había traicionado y la madre que seguía creyendo que yo estaba protegida. Ese contraste dolía más que cualquier otra cosa.
Terminé la llamada a toda prisa y respiré. Intenté mantenerme entera, pero al final, terminé llorando ahí mismo, bajo la lluvia. Me quedé sola en la concurrida plaza del centro de curación, sosteniendo mi panza que se sentía pesada y me tiraba hacia abajo mientras lloraba hasta sentir que se me habían acabado todas las lágrimas que me quedaban por llorar.
Gavin no llegó a la casa esa noche. Solo recibí un mensaje.
“Voy a trabajar hasta tarde hoy. Me voy a quedar en la oficina”.
“Está empezando a refrescar, no te duermas con las ventanas abiertas”.
“Siempre tuyo. Tu esposo”.
Me quedé mirando la pantalla mucho tiempo. Sentí una presión que aumentaba poco a poco, como si algo invisible me estuviera apretando el corazón con fuerza. Me seguía mintiendo, y lo hacía con mucha facilidad, con mucho cuidado. Me pregunté cuánto tiempo llevaría esto, cuántas noches, cuántas excusas, cuántos mensajes exactamente iguales a este me habría enviado.
Me puse la mano en el vientre, respirando despacio, con miedo de que, si lo hacía muy fuerte, algo dentro de mí terminara de romperse. Hubo un tiempo en el que yo habría leído esas palabras con una sonrisa. Hubo un tiempo en el que le habría creído cada letra. Solía pensar que era la loba más afortunada del mundo; no porque fuera especial, sino porque me habían elegido.
Nací sin lobo. Sin sentidos agudizados. Sin un vínculo instintivo. Sin ese momento en el que la Diosa de la Luna te susurra el nombre de tu destino en el alma. En nuestro mundo, eso era lo único que importaba. Siempre creí que valía menos que los demás.
Fue Gavin quien se negó a aceptar esa realidad. Me buscó sin descanso, sin ninguna vergüenza. Me dijo que la primera vez que me vio, algo dentro de él me reconoció.
—No necesito que la Luna me lo diga —me aseguró—. Si el destino existe, entonces tú eres mía.
Decía que yo era su compañera destinada, aunque el resto del mundo no estuviera de acuerdo. Y yo le creí. Creí que el amor podía elegirse, que la devoción era capaz de vencer a los linajes y a los instintos. Ahora, esas palabras se repetían en mi mente como si fueran una broma de mal gusto.
No le contesté el mensaje. No porque no sintiera nada, sino porque era demasiado. Demasiada pena. Demasiada incredulidad. Demasiado amor que ya no tenía a dónde ir. Lo que más me dolía no era que tuviera a otra, sino que seguía fingiendo que era mío.
Poco después, mi asesor me envió el borrador del acuerdo de disolución del vínculo. Lo imprimí y puse mi firma. Mientras empacaba mis cosas para regresarme a vivir con mi mamá, me llamaron de un número desconocido. Era Lena.
Nos vimos en una pequeña sala de estar a las afueras del distrito de la manada, un lugar popular entre los lobos por la tenue luz de sus lámparas lunares y su aire que siempre olía un poco a hierbas y vino. Ya estaba ahí cuando llegué.
Lena estaba sentada con la espalda recta y los hombros relajados, como si el mundo se acomodara a su paso. Junto a su silla había una bolsa de suministros del mercado de la manada: suplementos de carne fresca, frascos de nutrientes y cosas para lobas embarazadas.
No hizo ningún esfuerzo por esconderlo. Apenas tenía tres meses de embarazo y se veía radiante. Sus botas eran de cuero suave, hechas para estar por el territorio más que para estar cómoda, y su postura contagiaba confianza; se veía joven, fértil y victoriosa. Tenía una mano descansando con pereza cerca de su vientre plano, acariciándolo de vez en cuando, como si quisiera recordarle a todos lo que llevaba dentro.
Cuando levantó la mirada hacia mí, sus labios se curvaron, pero no fue una sonrisa, sino más afilado. Reflejaba satisfacción, de esa que sientes cuando sabes que te llevaste algo valioso y crees que ya ganaste.
—No pensé que fueras a venir —dijo—. Nunca contestaste mis mensajes.
Sonreí apenas.
—¿Por qué no vendría? Yo no soy la que está haciendo algo vergonzoso. Soy la compañera de Gavin. Todo lo que tiene que ver conmigo puede estar a la luz del día. Hay algunos que, por más que finjan, solo pueden quedarse en las sombras.
Le cambió la cara.
—Tú...
No esperé a que terminara.
—Vine a decirte una sola cosa. —La miré con calma—. Ya es tuyo.
Eso fue todo. Dejé dinero bajo la taza de café y me levanté despacio, apoyando una mano en mi panza para sostenerme.
—¿Qué quieres decir con eso? —me gritó ella, agarrándome de la muñeca.
—Significa —le dije en voz baja— que ya no lo quiero. Tú lo quieres, quédatelo.
Sus ojos se encendieron de coraje.
—¡Deja de fingir que eres mejor que yo! —Siseó—. ¿En serio crees que rendirte te hace noble? No te engañes. Solo porque llevas a su cachorro no creas que vas a poder mantener el puesto de Luna. Él no te ama. Si te amara, ¿estaría conmigo?
No dije nada. Me solté de su mano con suavidad y me di la vuelta para irme. Fue entonces cuando su control se terminó de romper.
—¡Cobarde! —gritó—. ¡Eres una vergüenza!
Me dio un empujón fuerte. La fuerza hizo que tropezara hacia atrás. Al caer al suelo, un dolor punzante me atravesó el vientre; era fuerte, violento e insoportable. Mi cuerpo se tensó. Sentí un calor que me recorría las piernas. Era demasiado. Sentí miedo y grité.
—Por favor... que alguien me ayude. Salven a mi cachorro.
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