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Portada de la novela Descubrí el Fraude de mi Matrimonio

Descubrí el Fraude de mi Matrimonio

Serafina creía tener la vida perfecta junto a Adriano Morelli, el hombre más temido de la ciudad. Sin embargo, su realidad era una jaula de oro controlada por Viviana Costa, quien manejaba cada aspecto de su vida. El punto de quiebre llega cuando, tras una emergencia médica, Viviana retrasa deliberadamente los fondos necesarios, provocando que Serafina pierda a su bebé. Tras comprender que su esposo jamás la priorizará, Serafina decide redactar el divorcio para liberarse de su control.
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Capítulo 1

Cuando Adriano Morelli se dio cuenta de que no le había pedido ni un centavo para los gastos de la casa, me llamó por primera vez en meses.

—Serafina — dijo, con esa voz suave y paciente que usaba para dominarme —. Ya arreglé lo de la clínica. Estás en prioridad de nuevo. ¿Lo ves? Cuando dejas de complicar las cosas y aprendes cómo funciona esta familia, yo me encargo de que estés bien.

Siempre sonaba más amable cuando me recordaba quién tenía el poder.

Lo que él no sabía era que, para cuando su nombre iluminó mi pantalla, los documentos de divorcio ya estaban redactados.

A los ojos del mundo, lo tenía todo: un penthouse vigilado, chofer personal y ropa de diseñador. Pero, sobre todo, tenía el apellido del hombre más temido de la ciudad.

Sin embargo, nada me pertenecía.

Cada centavo de las tarjetas estaba monitoreado y el efectivo debía ser aprobado. El personal no se movía sin la venia de Viviana Costa; sus órdenes siempre iban antes que las mías. Mi presupuesto, mi agenda y hasta el acceso a la oficina de la familia... todo pasaba por sus manos.

Adriano lo llamaba conveniencia.

Tres días antes, me habían llevado de urgencia a una clínica privada. La sangre empapaba mi vestido mientras un médico me explicaba que aún había posibilidades de salvar al bebé, siempre y cuando se pagara el depósito de emergencia.

Llamé a Adriano hasta que me temblaron las manos.

Viviana atrasó la transferencia.

Primero dijo que no tenía autorización; luego, que el monto era demasiado alto; después, que Adriano estaba en una reunión y no se le podía interrumpir por algo que tal vez no fuera grave.

Para cuando el dinero llegó, ya era tarde.

Había perdido a mi bebé.

Me quedé con Adriano por dos razones: lo amaba y creía que me elegiría por encima de todo.

Me equivoqué en ambas.

Nuestro hijo murió primero.

Mi matrimonio murió con él.

Cuando Adriano Morelli se dio cuenta de que no le había pedido ni un centavo para los gastos de la casa, me llamó por primera vez en meses.

—Serafina —dijo, con esa voz suave y paciente que usaba para dominarme—. Ya arreglé lo de la clínica. Ya vuelves a tener prioridad. ¿Lo ves? Cuando dejas de complicar las cosas y aprendes cómo funciona esta familia, yo me encargo de que estés bien.

Siempre sonaba más amable cuando me recordaba quién tenía el poder.

Lo que él no sabía era que, para cuando su nombre iluminó mi pantalla, los documentos de divorcio ya estaban redactados.

A los ojos del mundo, lo tenía todo: un penthouse con seguridad, chofer personal y ropa de diseñador. Pero, sobre todo, tenía el apellido del hombre más temido de la ciudad.

Sin embargo, nada me pertenecía.

Cada gasto hecho con las tarjetas estaba controlado y cualquier retiro de efectivo debía ser aprobado. El personal no se movía sin la venia de Viviana Costa; sus órdenes siempre iban antes que las mías. Mi presupuesto, mi agenda y hasta el acceso a la oficina de la familia... todo pasaba por sus manos.

Adriano lo llamaba conveniencia.

Tres días antes, me habían llevado de urgencia a una clínica privada. La sangre empapaba mi vestido mientras un médico me explicaba que aún había posibilidades de salvar al bebé, siempre y cuando se pagara el depósito de emergencia.

Llamé a Adriano hasta que me temblaron las manos.

Viviana atrasó la transferencia.

Primero dijo que no tenía autorización; luego, que el monto era demasiado alto; después, que Adriano estaba en una reunión y no se le podía interrumpir por algo que tal vez no fuera grave.

Para cuando el dinero llegó, ya era tarde.

Había perdido a mi bebé.

Me quedé con Adriano por dos razones: lo amaba y creía que me elegiría por encima de todo.

Me equivoqué en ambas.

Nuestro hijo murió primero.

Mi matrimonio murió con él.

***

Cuando salí de la Clínica Saint Mariel, las palabras del doctor todavía me daban vueltas en la cabeza.

—Perdimos la última oportunidad de salvar el embarazo. Ya no hay nada que hacer.

Cuando llegué al cuartel general de los Morelli, Adriano estaba en su despacho, firmando unos documentos que Viviana acababa de ponerle enfrente.

Le dije que quería el divorcio.

Al principio ni siquiera levantó la mirada. Solo soltó una risa corta.

—¿Qué pasó ahora? ¿Estás enojada porque anoche no llegué a cenar? —Su tono se volvió condescendiente—. Serafina, no digas esas cosas. Suenas como una niña.

—No estoy bromeando —dije—. Quiero el divorcio.

Eso sí lo hizo reaccionar. Se puso de pie y caminó hacia mí despacio, tranquilo, con esa actitud de siempre, como si yo estuviera siendo difícil otra vez. Cuando intentó tomarme la mano, me eché hacia atrás antes de que pudiera tocarme. Su mano quedó suspendida en el aire un momento. Frunció el ceño, pero enseguida borró la expresión.

—Sé que estás mal por lo que pasó en la clínica —dijo—. Pero yo detuve ese pago porque no quiero que te dejes llevar por el pánico y apruebes cualquier procedimiento caro que te propongan. El miedo no es una razón para gastar sin pensar.

Miró a Viviana, que seguía de pie junto al escritorio, perfecta e inamovible, como siempre, la viva imagen de la lealtad y la eficiencia.

—Ella estaba siguiendo mis instrucciones. ¿Qué necesidad había de hacer una escena delante del personal en la oficina de facturación? Ya te restauré el acceso a las cuentas, así que si el problema era el dinero, ya está resuelto.

Antes de que pudiera decir algo, miró su reloj.

—Tengo gente esperándome. Dirijo una organización entera. No puedo seguir perdiendo el tiempo en escenas como esta.

—Paso por la casa esta noche y traigo postre de Belladonna. Compórtate y espérame.

Estaba muy seguro de que me quedaría. Convencido de que un poco de ternura me haría perdonarlo todo.

Y durante tres años, había tenido razón.

Incluso cuando me dejó plantada bajo la lluvia porque Viviana lo necesitaba en otro lado, bastaba una sola frase suya para que yo me tragara el dolor y fingiera entender: “Ella trabaja para mí. No hagas un escándalo”.

Pero ahora el postre no significaba nada. Que hubiera liberado la transferencia no significaba nada.

Si Adriano me hubiera escuchado hace tres días, tal vez aún sería lo bastante ingenua para quedarme.

Ese día, lo llamé desde el pasillo del hospital. Le rogué que no me colgara antes de que terminara de hablar.

Pero la voz de Viviana se interpuso.

—Jefe, creo que la señora Morelli me malinterpretó. Solo le pedí a la clínica un desglose completo antes de liberar un monto tan alto. Si usted me da la orden, lo proceso ahora mismo, aunque saltemos el procedimiento. Lo que me preocupa es que la junta financiera haga preguntas después. Fui estricta porque pensé que era lo correcto para la familia.

A él le bastó con eso.

—Serafina —dijo Adriano, ya sin paciencia—, ¿escuchas lo considerada que está siendo? Está tratando de ayudarte. En lugar de entrar en pánico, ¿Por qué no aprendes a manejar las cosas como ella? Haz lo que te dice Viviana. Cuando el papeleo esté listo, hablamos.

Siempre era lo mismo.

Habla con Viviana. Sigue lo que dice Viviana. Haz lo que Viviana te indique.

Yo era la esposa de Adriano y, sin embargo, tenía menos autoridad en ese mundo que la mujer que le manejaba la agenda.

Hasta para las cenas formales, los eventos políticos y las reuniones de familia donde se esperaba que yo estuviera a su lado, tenía que pedirle mis vestidos y mis joyas a Viviana, y ella siempre encontraba una razón para regresarme con las manos vacías. Que el tono no era el preferido de Adriano. Que el collar era demasiado llamativo. Que la solicitud había llegado tarde. Que las mejores piezas ya estaban asignadas.

Así terminaba yo apareciendo al lado de Adriano con algo pasado de moda o que no me quedaba bien, mientras él se inclinaba y me murmuraba al oído:

—Serafina, tú me representas. Por favor, no hagas quedar mal a la familia.

Como si la culpa fuera mía.

La verdad era mucho más simple: yo no podía manejar nada porque Adriano lo había puesto todo en manos de Viviana, y luego actuaba como si yo fuera incompetente por depender de ella.

Él sabía que el embarazo era de riesgo desde el principio. Sabía que los médicos nos habían advertido que cualquier demora podía ser peligrosa. Sabía que llevaba semanas yendo de cita en cita.

Y aun así, cuando más lo necesité, me dio la misma respuesta de siempre:

—Habla con Viviana.

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