
Del amor viejo, al sendero limpio
Capítulo 4
El caos exterior no había cesado cuando alguien gritó aterrado:
—¡La situación empeora! ¡Se está deslizando! ¡El autobús se va a caer!
Salí corriendo del auto y miré hacia abajo. Por mucho odio que albergara, no podía quedarme impasible viendo desaparecer a esas vidas inocentes.
Al final, llamé a Leo.
Para mi sorpresa, antes de que yo pudiera hablar, él tomó la palabra, apresurado:
—¡Ya casi llego con el helicóptero! ¡Aguanta un poco más!
Ante sus palabras, me quedé atónita. Y colgó. No hubo tiempo para preguntas.
Pronto vi un helicóptero acercarse a lo lejos, que voló directamente sobre el autobús.
Él fue el primero en descender por la cuerda y comenzar el rescate.
Se notaba que su equipo no era profesional; desde el helicóptero alguien le hacía señas para dirigir la operación.
Pero, sin duda, aquello trajo esperanza a todos.
Oí a Carmen, al fondo del autobús, asomarse por la ventana y gritar sin parar:
—¡Sálvame a mí primero! ¿Estás sordo? ¡Soy una anciana, a mí primero!
Pero también oí a la persona que dirigía del helicóptero gritarle a Leo:
—¡Haz exactamente lo que te digo! ¡Si no, todos caerán!
Aunque era lento, Leo, sereno, fue rescatando a las personas una a una.
Todos los que estábamos en la carretera conteníamos el aliento, pendientes de sus movimientos.
Veinte minutos después, el rumor de varios helicópteros más llenó el cielo; eran equipos profesionales de rescate que llegaban.
No pude contener las lágrimas, y los familiares a mi lado también se abrazaron llorando.
—¡Van a salvarse! ¡Se van a salvar!
Abrí mi celular para ver la hora y un escalofrío me recorrió: solo quedaban veinte minutos para que el autobús cayera.
En mi vida anterior solo vinieron dos helicópteros y, sumado a que Sergio había violado los protocolos, muchos no se salvaron.
Pero esta vez, con tantos helicópteros, confiaba en que esos veinte minutos serían suficientes.
Observaba la pantalla de mi celular con tensión, mientras el tiempo pasaba minuto a minuto.
Cuando solo quedaban cinco minutos, todos los pasajeros habían sido rescatados, excepto Carmen y Nacho, que estaban al final.
Un rescatista le pasó el arnés a Carmen para que se lo pusiera ella y a Nacho.
Pero Carmen, en ese momento, montó en cólera:
—¡Qué servicio más malo! ¿Por qué tenemos que ponérnoslo nosotros? ¡Deja de hablar y baja a hacérnoslo! ¿Qué pasa si no lo ajustamos bien y nos caemos? ¡Tendrás que pagar con tu vida!
Sin embargo, con la inclinación actual del vehículo, el peso de una persona más sería insostenible y lo haría caer de inmediato.
El rescatista le suplicaba con toda paciencia, pero ella seguía discutiendo sin ceder.
Mientras seguían enfrascados en la discusión, la cuenta regresiva de mi celular se agotó.
Un grito colectivo de horror se alzó cuando el autobús entero se despeñó por el precipicio, arrastrando consigo a Carmen y a Nacho.
Leo ya estaba a mi lado. Como seguía a Sergio en Instagram, abrió su perfil y me mostró una publicación de hace un minuto.
En el video, aparecían él, Camila y Benjamín con una medalla de primer puesto, sonriendo radiantemente.
La leyenda decía: “¡Qué hijo más brillante!”
En ese momento, llegó el policía Lorenzo, con el que había hablado antes.
—Que venga tu esposo a identificar los cuerpos.
Le mostré, resignada, que todos mis mensajes a Sergio aparecían con un solo tick gris y nunca se entregaban.
Él también perdió los estribos:
—Está bien. Me voy en patrulla a traerlo.
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