
Dejé de Ser Justa Ante Mis Lobos Gemelos
Capítulo 3
¿Cuánto tiempo había pasado desde la última vez que lo había escuchado llamarme así?
Al principio, cuando nos acababan de emparejar, Kieran nunca se molestó en disimular lo mucho que me detestaba. Incluso discutió con el equipo del Consejo en el salón de emparejamiento, tan fuerte que atrajo a una multitud.
Tontita patética.
Perra callejera patética.
Esos eran algunos de los insultos que más le gustaba usar conmigo en ese entonces.
Creo que eso cambió después de la primera vez que los ayudé a pasar el celo.
La mayor parte del tiempo, Adrian y Kieran eran hombres imposibles: fríos, arrogantes y controladores. Pero el celo los despojaba de todo eso.
Era el único momento en que cualquiera de los dos me dejaba tocar su forma de lobo.
Los mismos hombres que se pasaban casi todo el mes comportándose como si fueran intocables se volvían inquietos y necesitados durante el celo, apretujándose junto a mí en cuanto me sentaba. En forma de lobo, se pegaban contra mí, me hundían el hocico en el cuello y se restregaban hasta que yo terminaba sonrojada y sin aliento. Si intentaba apartarme, gemían y me seguían. Se enroscaban alrededor de mis piernas, se trepaban a medias a mi regazo, y empezaban a pelearse en cuanto uno creía que el otro estaba recibiendo más atención.
Me llamaban su compañera con voces tan roncas y desesperadas que apenas sonaban humanas.
Yo me sonrojaba siempre.
Incluso Kieran se ablandaba en esos momentos.
Después, una vez que el celo pasaba, él siempre lucía medio humillado, como si quisiera negar cada segundo de aquello. Pero tras ese primer ciclo, dejó de lanzarme tantas pullas.
Durante un tiempo, me convencí de que eso significaba algo.
Una amiga me dijo una vez que, cuando una bestia se aferraba a ti de esa manera, cuando se permitía necesitarte, hasta el más frío empezaba a ablandarse.
Eran algunos de los recuerdos más dulces que tenía de ellos.
Y la verdad era que yo no resultaba tan ridícula como Kieran me hacía parecer.
Quizás me veía pequeña al lado de los gemelos Blackwood, pero no era ningún chiste.
Así que me dije que Kieran no lo decía en serio. Me dije que él simplemente era así: consentido, hiriente y demasiado acostumbrado a salirse con la suya cuando era cruel.
Lo había rechazado cuando me preguntó si quería ver el partido con él; herí su orgullo, y él reaccionó atacándome.
Eso era lo que yo me decía.
Aun así, no me sirvió para poder dormir.
Cerca de la medianoche, por fin me levanté de la cama y bajé por un vaso de agua.
Una franja delgada de luz se colaba por el pasillo desde las puertas del balcón.
Adrian y Kieran estaban afuera.
Uno estaba de pie junto a la baranda. El otro se apoyaba contra la pared de ladrillos, con un cigarrillo ardiendo entre los dedos.
Me detuve justo antes del umbral y me quedé escondida en la oscuridad.
—Es la segunda vez que me golpeas por ella —dijo Kieran.
Expulsó el humo hacia la noche. Tenía un lado de la boca amoratado, pero sonreía de todos modos.
No era una sonrisa real.
—¿Todo porque la llamé tontita patética?
Adrian estaba parado frente a él con las dos manos en los bolsillos, con el rostro indescifrable.
Últimamente había sido tan amable conmigo que casi había olvidado lo que era en el fondo.
Las bestias lobo no eran pacíficas por naturaleza. Ninguno de los hermanos Blackwood lo había sido jamás.
—Si no la quieres —dijo Adrian con calma—, mantente lejos de ella.
Sacudió la ceniza por sobre la baranda.
—Y si vuelvo a ver que la tratas así, te daré otro golpe.
Kieran rio.
—¿Me estás tomando el pelo? Estabas ahí conmigo cuando presentamos la apelación. Odiabas este emparejamiento tanto como yo. ¿Y ahora te haces el héroe?
Negó con la cabeza, sin dejar de reír.
Entonces dijo:
—Bueno. Ya entiendo. El año de prueba está por terminar, así que ahora la tratas bien. Quieres que coopere cuando llegue el momento de acabar con esto. Si no hubiéramos acordado ya que ese era el plan, hasta te habría creído.
El año de prueba.
El corazón me dio un vuelco.
Las cosas habían estado tan tranquilas últimamente que casi lo había olvidado.
El sistema de emparejamiento no era del todo despiadado. Incluso con una alta compatibilidad, no todos los vínculos funcionaban. Por eso, después de la asignación, había un año de prueba. Si funcionaba, el vínculo se volvía permanente. Si no, ambas partes podían retirarse.
Apreté los dedos contra el borde de la pared.
Así que era eso.
Adrian había sido amable conmigo porque quería que me fuera sin causar problemas.
No era diferente de Kieran después de todo. Solo era mejor para ocultarlo.
Me dolía tanto el pecho que apenas podía respirar.
Y entonces Adrian dijo:
—No.
Kieran se enderezó.
—¿Qué?
—No —repitió Adrian—. No es eso lo que estoy haciendo.
Kieran lo miró fijo.
—¿En serio?
—Sí.
—¿De verdad quieres seguir con el emparejamiento? —La voz de Kieran se volvió más aguda—. Ese no fue el trato. Dijimos que si el año de prueba no funcionaba, lo terminábamos y nos volvíamos a postular.
Dejó escapar una risa áspera.
—Por Dios, Adrian. Ella es torpe, es un desastre, y estar atados a ella nos pone en ridículo. Seremos el hazmerreír de todos.
—Nosotros no —dijo Adrian—. Tú.
Kieran tensó la cara.
—Nunca dije que quisiera a nadie más —continuó Adrian.
Entonces, por primera vez, algo en su expresión se suavizó.
—Lil es buena —dijo en voz baja—. Es inteligente. Es dulce. Yo estaba demasiado cegado por mi propio prejuicio para verlo.
Lil.
Nadie me había acortado nunca el nombre así.
Jamás imaginé que Adrian pensara en mí de ese modo. Nunca imaginé que, en su mente, yo fuera algo más que una obligación que poco a poco aprendía a tolerar.
Entonces volvió a mirar a Kieran y dijo:
—Así que mantente lejos de mi compañera.
Kieran retrocedió.
—¿De qué demonios estás hablando? No hemos terminado el emparejamiento. ¿Cómo que es tu compañera?
—Tú eras el que estaba desesperado por irse —dijo Adrian—. Si ya te decidiste, deja de rondar a la compañera de otro.
—¿Quién carajos está rondándola? —reprochó Kieran—. El que la trata como si fuera algún tipo de premio eres tú.
Se pasó una mano por el cabello, inquieto.
—Y lo del celo no cuenta —murmuró—. Eso fue puro instinto. No estaba pensando con claridad.
Adrian le lanzó una mirada fría.
—Idiota.
Kieran lo ignoró. Le dio otra calada al cigarrillo y luego, con más aspereza, dijo:
—Como sea. Si tú no vas a terminar con esto, yo tampoco. Que una bestia abandone a una humana se ve mal, y no voy a cargar con eso.
Hizo una pausa.
—Y además… Lila siempre me mira como si yo fuera lo más maravilloso del mundo. Como si no pudiera contenerse cuando está cerca de mí. Es pegajosa como pocas, pero yo no soy tan cruel.
Cada palabra se sentía como un golpe más.
Él siguió.
—Podemos hacer que funcione. Uno se acostumbra a la gente con el tiempo. —Se encogió de hombros—. Que sea inútil, da igual. Tampoco es que yo necesite algo de ella. Pero si soy yo el que se va, yo quedo como el desgraciado. Y esa mancha no se quita.
Dejó caer el cigarrillo y lo aplastó con el talón.
—Así que bien. Ella se queda. Puedo vivir con eso.
Luego añadió, con una desagradable firmeza:
—Pero yo no voy a ser el que ponga fin a esto.
También te podría gustar





