
Curso de Perreo Intensivo
Capítulo 3
El cuerpo me picaba cada vez más; sentía que con la ropa puesta podía llegar al clímax.
Pero en eso sonó el timbre y se terminó la hora de clase. Peter se separó de mi cuerpo con desgano.
Anunció que la clase terminaba y que continuaríamos mañana. Me aguanté la comezón y a duras penas llegué a casa. Mi esposo me vio con la cara de insatisfecha que traía y hasta sospechó que el profe y yo habíamos hecho esas cosas.
Lo negué y enseguida lo jalé a la cama. Sin poder contenerme, me senté encima de él y empecé a mover el trasero para aliviar la comezón. Mi esposo nunca aguantó un ritmo así, y muy pronto ya no daba más.
Me miraba con cara de felicidad; ya no le importaba si había estado o no con el profe.
Al día siguiente mi esposo se fue temprano a trabajar y el cuerpo me empezó a picar otra vez. Sin nadie con quien desahogarme, todo el cuerpo me molestaba.
Al fin logré aguantar hasta la noche, cuando empezó el curso. Me puse una falda corta y suelta, sin calzones, para que Peter solo tuviera que levantar la falda y meterse. Pero lo que no me esperaba era que la clase de Peter ese día no consistiera en ponerse a gatas y mover el trasero.
La postura era distinta. Boca arriba, con las palmas apoyadas en el piso, las piernas abiertas y movimientos de cadera de arriba a abajo.
Peter me pidió que pasara al frente para apoyarlo en la clase y enseñarnos cómo aplicar fuerza. No traía nada debajo y, con tantos ojos encima, todos iban a verme completamente expuesta. Dudé mucho, no me animaba a pasar.
Peter, algo confundido, me preguntó si el día anterior nos habíamos pasado. Negué; me daba pena confesarle que no traía calzones. Peter me apuraba sin parar:
—Brenda, la clase no funciona sin ti. Si me apoyas en la práctica, te exento la colegiatura.
La exención de la colegiatura terminó por convencerme. Al final, la colegiatura del curso no era poca cosa. Eran tres meses de sueldo de mi esposo. Nerviosa, pasé al frente, me senté en el tapete de yoga y mantuve las piernas bien apretadas.
Peter dijo:
—Tienen que memorizar los siguientes movimientos y aprendérselos bien.
Apenas terminó de hablar, me puso las manos en las rodillas y, con fuerza, me las separó… Se armó un escándalo en todo el curso. Las alumnas estiraban el cuello para ver bien.
Hasta Peter se quedó algo sorprendido; clavó la mirada en mi intimidad y tragó saliva. Sentir tantos pares de ojos encima me dio mucha pena, pero también me excitó un poco. Murmuré:
—Hoy salí con prisa de la casa y se me olvidaron los calzones.
Quería usar esa excusa para disimular la vergüenza que sentía. Por suerte nadie dijo nada; todos admiraban mi cuerpo en silencio. Peter me abrió las piernas con las dos manos:
—Ahora les enseño el movimiento, miren bien.
Me pidió mantener la cabeza hacia el techo y las manos apoyadas en el piso, y me abrió las piernas a la fuerza. Mi intimidad quedó totalmente al descubierto; hasta se alcanzaba a ver el interior.
Esa tensión y esa pena me hacían contraerme, y allá abajo todo me palpitaba, abriéndose y cerrándose como si respirara.
—Ahora empiecen a mover toda la cadera de arriba a abajo. ¡Más rápido! ¡Más rápido!
Siguiendo las órdenes de Peter, me movía como loca; me excitaba cada vez más y el deseo me llevó al clímax.
Mis fluidos salpicaban por todas partes con cada movimiento. Los esposos entre el público ya no aguantaron más; con los ojos clavados en mi intimidad, se echaron encima de sus esposas. Peter clavó más la mirada todavía; tampoco aguantó y se quitó los pantalones. Una erección descomunal saltó frente a mis ojos, erguida y demasiado tentadora.
Se acostó debajo de mí, sostuvo esa cosa y la dirigió hacia mí.
—Hoy todo el mundo está muy animado. Voy a hacer una práctica en vivo yo mismo; sigan mi ritmo.
Por dentro ya estaba desbordada; al ver el tamaño de Peter, ¿cómo me iba a caber? Inhalé fuerte, dejé caer mi peso y me senté con todas mis fuerzas…
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