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Portada de la novela Cuando el amor se pone el Sol

Cuando el amor se pone el Sol

Tras ocho años de un matrimonio frío y conflictivo, Elisa es testigo del inesperado sacrificio de su esposo, Lucas Solís. Durante una devastadora inundación, él le cede su lugar en el bote salvavidas para luego ahogarse aferrado al amuleto de otra mujer. Abrumada por la culpa y el dolor, Elisa dona todos sus bienes y se quita la vida, pero inexplicablemente despierta en el pasado, justo en la fatídica noche en que Lucas fue drogado, dándole una oportunidad de alterar el rumbo de sus vidas.
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Capítulo 3

Miré la complejidad en sus ojos y supe que él también había renacido.

Pero aún insistía en que yo lo había drogado.

Respiré hondo, conteniendo las emociones que hervían dentro de mí:

—No fui yo. Puedes investigarlo.

Él me lanzó una mirada de disgusto:

—¿Es necesario?

Sus palabras, tan ligeras, me atravesaron. Fue el golpe final que quebró mis nervios, ya tirantes como cuerdas.

—¿Por qué no sería necesario?

Ya no pude controlar mis emociones, las lágrimas brotaron de mis ojos.

—¿Acaso merezco ser calumniada? ¿Por qué, después de decírtelo tantas veces, nunca estás dispuesto a creerme ni una sola vez?

Me abalancé hacia él, agarrando su cuello de la camisa con fuerza:

—Lucas, ¿por qué no puedes creerme una sola vez?

Lo miré fijamente, a este hombre como hermano mayor que me protegió desde pequeño y juró cuidarme toda la vida.

¿En qué momento empezó a entregar toda su confianza y predilección a otra persona?

Mis lágrimas cayeron sobre el dorso de su mano, ardientes.

Su mirada pareció suavizarse por un instante.

De repente, la puerta se abrió de golpe y Claudia entró corriendo, alarmada.

—¡Elisa! ¿Qué estás haciendo?

Se abalanzó para ponerse delante de Lucas, protegiéndolo.

—¡Si estás molesta conmigo, desquítate conmigo! ¡No lastimes a Lucas!

Lucas la protegió inmediatamente entre sus brazos, y la compasión momentánea en sus ojos fue reemplazada al instante por ternura hacia Claudia:

—Claudia, estoy bien, no te preocupes.

Volvió su mirada hacia mí, fría:

—Elisa, no me importa cuál sea la verdad, ni me interesa averiguarlo. Pero no me casaré contigo. A partir de hoy, será mejor que te comportes.

Al escuchar la palabra "verdad", un destello de pánico cruzó los ojos de Claudia por un instante.

Pero al oír que Lucas no se casaría conmigo, no pudo disimular una expresión de alegría furtiva en su rostro.

Yo, sin embargo, lo miré llena de decepción.

Al final, él había cambiado. La única aferrada al pasado era yo.

Di un paso atrás, con una voz llena de determinación:

—No te preocupes. Antes me casaría con un cura que contigo.

Desde ese día, evité cualquier ruta que se cruzara con la de Lucas y me sumergí en los preparativos para mi viaje al extranjero.

Aun así, las sirvientas me contaban cosas sobre ellos.

Por ejemplo, que Lucas, desafiando su frágil salud, se arrodilló para suplicar a su madre que aceptara su matrimonio con Claudia, incluso amenazando con cortar lazos familiares.

La doña Elena, tan enfadada, terminó en el hospital.

O que Claudia también se mudó a la casa. Se les veía siempre juntos, entrando y saliendo.

Tanto exhibían su amor en público, que mi mejor amiga me llamó para preguntar si Claudia acabaría siendo mi cuñada.

Asentí sin más:

—Sí, así es.

Parecía que, desde aquella conversación, mi amor por él se había desvanecido. Ahora, mencionarlo solo causaba un dolor punzante.

Mi amiga, indignada, dijo:

—Lucas está realmente ciego. Con esa trepadora hipócrita, se ha enamorado perdidamente.

Acariciando mi boleto de avión, con solo tres días restantes, sonreí levemente y dije:

—Que hagan lo que quieran, ya no tiene que ver conmigo.

Al fin y al cabo, en mi vida anterior, Lucas nunca la olvidó, ni siquiera en la muerte. Ahora, al menos, está logrando su deseo.

No quería buscarle tres pies al gato, pero Claudia vino a ponérselos ella sola.

Temprano en la mañana, me esperó a la entrada de mi habitación, invitándome a acompañarla a probarse el vestido de novia.

—Elisa, ¿podrías acompañarme a probarme el vestido de novia? Al fin y al cabo, eres como una hermana menor de Lucas. Quería que me des tu opinión.

Dejé el libro a un lado y, al levantar la vista, le eché un vistazo de reojo.

—No me interesa.

La sonrisa en su rostro se congeló por un instante, y sus ojos se enrojecieron rápidamente.

—Elisa, ¿es que me desprecias…?

Estaba harta de seguirle el juego. Justo cuando iba a pedirle que se fuera, la puerta se abrió de golpe.

Lucas estaba en la entrada, con el rostro sombrío y una mirada de advertencia.

—Elisa, ¿por qué le haces eso a Claudia? Te invitó de buena fe. Es solo mirar, ¿qué te cuesta? ¡No hace falta que te las des de importante!

Otra vez. La misma historia.

Conque por negarme a acompañarla… ¿Eso ya cuenta como atacarla?

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