
Bloqueé al CEO Equivocado
Capítulo 3
Como ya estaba casi segura de que el hombre al otro lado de la pantalla era Ramón, lo más urgente era averiguar si de verdad estaba saliendo con dos mujeres a la vez.
Y, de paso, descubrir quién demonios era la mujer a la que llamaba "cariño" por teléfono. ¿Y si al final solo me estaba imaginando cosas?
Poco después, volvió a escribirme:
"Por cierto, amor, la marca V lanzó una nueva colección. ¿Me ayudas a elegir qué me pongo mañana?"
[Imagen adjunta]
Se me ocurrió un plan. A propósito, elegí un suéter negro con el logo sobre el pecho, de esos que cualquiera reconoce al verlo.
En el fondo, todavía me quedaba una pizca de esperanza: si al día siguiente Ramón no llevaba ese suéter, significaría que me había equivocado de persona.
Y así tampoco tendría que seguir preguntándome si era un desgraciado.
A la mañana siguiente, entré a la oficina de Ramón con los documentos ya corregidos.
Él estaba sentado con calma en el sofá, tomando té.
—Señor Alcocer, la propuesta ya está lista.
Ramón alzó la mirada y me sonrió con suavidad.
—Gracias por el esfuerzo. El representante de la firma inversora vendrá por la tarde. Ten todo listo con tiempo.
—De acuerdo.
Y llevaba puesto, justamente, el suéter negro que yo había elegido la noche anterior. Miré dos veces aquel suéter y, fingiendo desinterés, comenté:
—Señor Alcocer, no le había visto antes ese suéter. Le queda muy bien.
Él sonrió.
—Lo compré ayer.
Con eso, la última pizca de esperanza que me quedaba se hizo pedazos. Sí: él era mi novio.
Cuando regresé a mi lugar, fui incapaz de concentrarme en el trabajo. Mi mirada no dejaba de desviarse hacia la oficina de Ramón.
Ramón había dicho ayer que su "cariño" pasaría por la oficina hoy. Yo quería ver con mis propios ojos qué mujer era.
Y si la verdad resultaba ser lo que imaginaba, entonces esa relación ya podía darse por muerta.
Una hora después, una joven elegante y de facciones delicadas entró con total confianza en la oficina de Ramón.
Con la excusa de servirme agua en el área de café, me acerqué hasta la puerta.
Por la rendija apenas entreabierta se filtraban risas alegres.
—Amor, te extrañé muchísimo. Ese suéter te queda guapísimo. El negro te favorece mucho.
Ramón respondió en voz baja, con un tono cariñoso:
—Mientras te guste. Lo escogí a propósito. Esta noche vamos a ver a tus papás, ¿no? Me preocupaba que no me aceptaran.
—¿Cómo no? Tengo excelente gusto. Mis papás seguro estarán de acuerdo.
Al escuchar eso, sentí un golpe seco en el pecho. Así que me había pedido que le eligiera la ropa para ir a agradar a los padres de otra mujer.
Entonces, ¿qué era yo? ¿Una suplente escondida detrás de una pantalla, útil solo para entretenerlo?
Al segundo siguiente, saqué el celular y, conteniendo el asco, le envié unas pocas palabras:
"Me das asco. Terminamos."
Después lo bloqueé y borré la conversación de inmediato, todo de un tirón.
***
Poco después, Ramón salió de su oficina tomado de la mano de aquella chica y la acompañó hasta el ascensor con una mirada llena de ternura.
No había en su rostro ni rastro de una ruptura reciente.
Me reí con amargura de mí misma. Parecía una payasa. Al recordar todas las palabras dulces de ese último año, sentí que se me cerraba la garganta.
Por suerte, siempre había hablado con él desde una cuenta secundaria.
De lo contrario, cruzármelo ahora en la empresa habría sido insoportablemente incómodo.
Me consolé como pude: si me iba mal en el amor, al menos tenía que compensarlo en el trabajo. Ya era una adulta; no podía dejar que una tontería así me costara el empleo.
Por la tarde, Ramón me escribió por el chat interno de la empresa.
"Teresa, la firma inversora cree que la propuesta tiene potencial. Entra para explicarla con más detalle."
Me recompuse y entré como si nada hubiera pasado.
—Teresa, este es Adrián Ramos, presidente ejecutivo de la firma inversora y amigo mío de toda la vida. No te pongas nerviosa. Explícale tus ideas al señor Ramos.
Sin responderle a Ramón, miré al hombre sentado en el sofá.
En cuanto nuestras miradas se cruzaron, me quedé atónita.
A diferencia de la serenidad contenida de Ramón, Adrián desprendía una elegancia fría, distante, con un aire que decía claramente "no te acerques".
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