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Portada de la novela Activar: La Obediente Heredera de la Mafia

Activar: La Obediente Heredera de la Mafia

En la novela de mafia y ciencia ficción Activar: La Obediente Heredera de la Mafia, una joven es marginada por sus padres y su hermano Dario al no cumplir con sus estándares de sumisión. En su lugar, adoptan a Serafina, una IA perfecta y dócil. Tras un altercado, la protagonista es enviada a una academia de corrección conductual por dos años. Al regresar con su familia, descubren con frialdad que ella ya no responde a su nombre; ahora, el profesor Luca Caruso les revela que deben usar la palabra clave "Activar" para que la nueva NS-5 responda.
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Capítulo 1

Mis padres piensan que no soy lo suficientemente femenina, así que adquieren a una hija IA, dócil y dulce, llamada Serafina Moretti.

El día que traen a Serafina a casa, toda la familia se ensaña conmigo.

Papá odia que sea mala en los estudios, al contrario de Serafina, que absorbe cualquier conocimiento con solo procesarlo una vez.

Mamá arruga la nariz ante mi personalidad alegre y activa. Por lo visto, no soy lo bastante sumisa, algo que la fastidia y le provoca jaquecas constantes.

Mi hermano mayor, Dario Moretti, también me regaña todo el tiempo.

—¡Eres una vergüenza para la familia Moretti! ¿Qué más sabes hacer aparte de comer y dormir?

Incluso Serafina tiene el descaro de burlarse de mí, así que, en un arranque de rabia, la empujo al suelo.

La expresión de mamá se ensombrece. Luego me da una fuerte cachetada.

—¡Serafina es tu hermana! Si fueras tan dócil como ella, no me fastidiarías hasta el punto de provocarme estos dolores de cabeza.

—¡Ya es hora de que aprendas a ser una hija obediente y comprensiva en una academia de corrección conductual!

Y así, me obligan a estudiar ahí.

Dos años después, mi familia me recoge de la academia. No paran de llamarme por mi nombre, pero yo nunca les respondo.

El profesor Luca Caruso los corrige con una sonrisa:

—Señora Moretti, debe pronunciar la palabra clave: “Activar”. Solo entonces NS-5 responderá por su cuenta.

Antonio Moretti —mi papá y el Don de la familia Moretti en Novarra— estaba de pie junto a la puerta del estudio, observando todo en silencio. Su semblante era indescifrable y mantenía los labios apretados con firmeza.

Camilla Romano, mi mamá, estaba de pie frente a mí. Sujetaba con fuerza el collar de perlas que llevaba al cuello, los nudillos blancos por la presión.

Dario Moretti —mi hermano— permanecía recostado contra el marco de la puerta con una sonrisa burlona.

—Activar, NS-5 —ordenó mamá con voz temblorosa. No entendía el verdadero significado de aquellas palabras; solo repetía las instrucciones del profesor, Luca Caruso.

Sonreí apenas y, como un robot que por fin recibe un comando tras un largo modo de espera, me levanté de la silla con los brazos colgando a los costados y la postura recta.

—He sido activada y espero su orden.

Mamá se quedó pasmada.

El profesor Caruso habló desde atrás. Vestía un traje gris y mantenía una sonrisa profesional; tenía un parecido sorprendente con el consigliere de papá.

—Nuestra academia ha diseñado un sistema para optimizar la conducta de los niños, Donna Moretti. Requieren un comando de activación para despertar y, bajo esa directiva, jamás osarán contradecir sus órdenes. ¿La obediencia ciega no es la ley fundamental de supervivencia en una familia mafiosa?

Mamá asintió al comprenderlo.

Dario dio un paso al frente. Era un año mayor que yo y siempre se divertía molestándome. Antes me ganaba, y yo lo perseguía por toda la casa.

Mamá terminaba por regañarnos a los dos, mientras que papá se ponía serio y decía que la familia Moretti no debía ser tan escandalosa.

—¡A ver, ladra como un perro, NS-5!

Encogí los hombros, saqué la lengua y solté un ladrido fuerte apenas escuché la orden.

Dario se dobló de la risa y llamó a mamá y a papá.

—¡Esta vez Viviana sí aprendió la lección! Antes ponía excusas durante media hora con tal de evitar la práctica de tiro, ¡y ahora está dispuesta a ladrar como un perro!

Papá y mamá asintieron con aprobación, complacidos con lo que veían.

Mamá hasta sonrió apenas, algo que no hacía conmigo desde hacía dos años.

Iba sentada en los asientos traseros de la limusina Lincoln durante el trayecto a casa.

Mamá preguntó con vacilación:

—¿Cómo te fue en la academia este tiempo, Viviana?

No le respondí, ya que había omitido el comando “responder” en su pregunta.

—¿V-Viviana? —Mamá alzó la voz, observándome a través del espejo retrovisor.

Por fin le aclaré a mamá, con un tono tan plano como una voz generada por computadora:

—Sus oraciones interrogativas no constituyen comandos válidos; por favor, use una orden directa si requiere una respuesta.

En ese momento, todos los que iban en el auto se quedaron en silencio.

A mamá le tembló la voz y, solo tras una pausa larga, logró articular la instrucción:

—Respóndeme.

—Mi estadía en la academia fue óptima y productiva. Cumplí con éxito los requisitos de los tres módulos centrales: Regulación Emocional, Obediencia Absoluta e Indagación Racional.

Luego añadí mecánicamente, sin la menor variación emocional, como un sistema operativo enumerando los elementos de un menú:

—Recibí una calificación de “Excelente” en mi evaluación final, y el profesor Caruso me designó como el caso de rehabilitación más exitoso del año.

En ese momento, los del asiento trasero se quedaron en silencio un buen rato.

Dario murmuró:

—Tu manera de hablar suena igualita a la de Serafina…

Seguí mirando al frente, sin mostrar emoción alguna.

Veía a Novarra alejarse por la ventana del auto; los rascacielos, los puentes y los anuncios publicitarios ya no encajaban con mis registros de memoria. Sabía que ese nuevo rascacielos en el horizonte de Mirthaven no estaba allí cuando me marché, dos años atrás.

En la academia, el tiempo se reducía a la escala de las órdenes. No había diferencia entre un día y un mes. Solo sabía que el tiempo transcurría por los números que rayaba en las paredes de la celda de aislamiento; al final, incluso olvidé cómo escribirlos.

Era casi el anochecer cuando el vehículo se detuvo frente a la mansión en la isla Lenn.

Serafina estaba de pie en la entrada. Llevaba un vestido color crema, mantenía las manos entrelazadas al frente y sonreía con una perfección que no había cambiado en dos años. Era la hija IA que había llegado a mi familia cuando yo tenía catorce años.

Recordé a mamá arrodillada frente a ella para hablarle aquella vez, con un tono lleno de ternura:

—Bienvenida a casa, Serafina.

Me bajé del sofá de un salto y corrí hacia ella, ansiosa por conocer a mi nueva hermana. No me fijé por dónde iba, así que tropecé sin querer con algo y caí de golpe sobre la alfombra, donde nadie se acercó a ayudarme.

A partir de ese día me convertí en el blanco del desprecio de todos. Me comparaban con Serafina y yo siempre salía perdiendo; me señalaban por carecer de su obediencia y atención. Luego me reprochaban mi incapacidad para mantenerme en silencio durante las reuniones de negocios de papá o para servir un whisky con la gracia de Serafina.

Al final, me enviaron a la academia para reformarme.

—Bienvenida a casa, Viviana —dijo Serafina, manteniendo ese tono dulce y suave.

No le contesté, ya que ella no había emitido el comando correspondiente para obtener una respuesta.

Mamá apretó la mandíbula.

—¿Todavía no soportas a Serafina? ¡Sigues siendo igual de desobediente! ¡Di algo, Viviana!

Sonreí en cuanto procesé el comando.

—Gracias.

La sonrisa de Serafina permaneció inalterada mientras mamá asentía con aprobación.

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