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Portada de la novela Accidente y Boda Exprés con el CEO

Accidente y Boda Exprés con el CEO

Luego de sufrir un grave choque de auto, Paula busca desesperadamente el apoyo de su novio Alfonso González, pero él ignora sus llamadas para pasar la noche con Bárbara Garza, su nueva pasante. Al confirmar la traición y la frialdad de Alfonso, quien prioriza un viaje con su subordinada antes que su salud, Paula decide dejar atrás el dolor. Con el corazón frío y las lágrimas secas, toma el teléfono para aceptar un matrimonio arreglado que cambiará su destino en Accidente y Boda Exprés con el CEO.
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Capítulo 1

De camino a ver a mi novio, que seguía haciendo horas extras, sufrí un fuerte accidente de tránsito.

Lo llamé decenas de veces, pidiéndole ayuda, pero no respondió ni una sola vez. A lo lejos, el edificio de su empresa seguía iluminado, con las luces encendidas, como si nada hubiera pasado, y la desesperación terminó por devorarme.

Cuando desperté en el hospital, vi una publicación de una subordinada suya: “¿Qué hacer cuando tu jefe te regaña en plena madrugada?”

La imagen mostraba el reflejo de ambos en el vidrio de una puerta. La cercanía entre ellos era tan evidente que claramente había cruzado los límites de una relación laboral normal.

Sin darme por vencida, volví a llamar a Alfonso González. Esta vez, por fin contestó.

Con la voz quebrada, apenas logré decir:

—Alfonso, tuve un accidente de auto.

—Paula, ando ocupado —respondió con frialdad—. Haré que mi asistente se encargue, ¿de acuerdo? Sé buena, ¿sí? Cuando termine este viaje de trabajo, regresaré para acompañarte.

Intenté seguir hablando, pero su grito interrumpió todo:

—¡Bárbara! ¿Te vas con una sola maleta? ¿Y entonces por qué traes tres? ¿Piensas irte de vacaciones o qué?

Bárbara Garza era la nueva pasante que Alfonso acababa de contratar.

Miré el teléfono. La llamada ya se había cortado, y las lágrimas ya estaban secas en el rostro.

Luego marqué otro número:

—Acepto el matrimonio arreglado.

Alfonso puso todo su tiempo y su energía en Bárbara, hasta el punto de que, incluso cuando yo casi pierdo la vida en un accidente de tránsito, él pasó la noche entera poniéndola al día con el trabajo y luego se la llevó consigo a un viaje de negocios.

Pero cuando le entregué el último regalo de cumpleaños, ya no pudo seguir fingiendo que nada le importaba.

***

Cuando mis padres supieron que había aceptado el matrimonio arreglado, sonrieron de oreja a oreja y, sin perder el tiempo, transfirieron doscientos mil dólares a mi cuenta para mis gastos.

—Paula, por fin entraste en razón —dijo mi madre—. Ese Alfonso no tiene futuro; lleva cinco años emprendiendo y su empresa ni siquiera ha salido a bolsa. No puede ofrecerte estabilidad. Daniel Fernández es mucho mejor partido y te garantizamos que no te arrepentirás.

Como mis padres nunca aprobaron mi relación con Alfonso y yo siempre estuve completamente centrada en él, la relación con ellos llevaba años siendo tensa, así que hacía muchísimo tiempo que no los veía tan felices.

Con el celular aún en la mano, se me mezclaron las emociones; no sabía si debía sentir alegría o tristeza.

Después de colgar, vi que Bárbara había vuelto a publicar: “¿Qué se siente viajar por trabajo con un jefe exigente pero con una presencia arrolladora?”

La foto mostraba la espalda de Alfonso arrastrando tres maletas, y de su maletín colgaba un muñeco adorable, a todas luces parte de un par a juego que Bárbara había compartido antes.

Hubo una época en la que me obsesioné con los artículos de pareja: cepillos de dientes, pantuflas, llaveros, incluso ropa, todo lo compraba a juego.

Sin embargo, por más que insistiera, Alfonso nunca aceptó usarlos conmigo.

—Paula, soy el CEO, no puedo andar con esas cosas encima —decía—. Mi amor por ti lo guardo en el corazón.

Todavía recuerdo cómo, tras decir eso, arrojó el llavero a la basura.

Siempre fue meticuloso y profesional, cuidando con esmero su imagen de CEO.

Yo misma me convencía de que cada persona tiene sus hábitos y de que no podía obligarlo a cambiar solo por un capricho mío, hasta que lo vi con el muñequito a juego de Bárbara colgando de su maletín, aunque no combinara en absoluto con su maletín ni encajara con su imagen profesional.

Entonces lo entendí: el problema nunca fueron esos objetos adorables, sino la persona, y esa persona era yo.

Cuando Bárbara apenas entró a la empresa, Alfonso solía quejarse conmigo, diciendo que había llegado una pasante torpe que solo le causaba problemas y lo hacía perder tiempo.

Siempre la mencionaba, hablando de los errores que cometía, de las tonterías que hacía y de los desastres que él tenía que arreglar… y yo, tan ingenua, nunca noté la leve sonrisa que se dibujaba en sus labios cuando hablaba de ella.

De verdad creí que se estaba quejando y, en mi ingenuidad, hice todo lo posible por animarlo, sin imaginar que en realidad estaba disfrutando el proceso de ir solucionándole los desastres que ella dejaba atrás.

Por suerte, ahora lo entendía, y no era demasiado tarde.

Lloré un día y una noche enteros, y si alguien preguntaba, solo decía que el dolor de la fractura era insoportable.

Me dije a mí misma que lloraría solo esa vez y que, después de hacerlo, sacaría a Alfonso por completo de mi corazón.

Durante las tres semanas de hospitalización rechacé todas sus llamadas, hasta el día en que me dieron de alta. Ese día me llamó desde un número nuevo.

—Paula, ¿por qué no contestas? Estoy muy preocupado por ti. Cuando termine con este proyecto, iré a buscarte y para mi cumpleaños te voy a hacer una boda por todo lo alto.

Solté una risa fría, colgué la llamada y guardé el celular en el bolso. Se escuchó un golpe seco: había chocado contra algo duro.

Era el reloj que había mandado a hacer especialmente para él, con una esmeralda en el centro y una corona de pequeños diamantes que brillaban con un fuego deslumbrante.

Hecho a mano, de valor incalculable y único en el mundo, pensaba regalárselo cuando su empresa saliera a bolsa, ya que él siempre decía que quería guardar el recuerdo más valioso de ese día.

Ahora, claramente, ya no era necesario.

Parpadeé para aliviar el ardor en mis ojos y, sin pensarlo demasiado, le entregué el reloj al primer desconocido que pasó.

—Toma, que te vaya bonito.

En cuanto a la boda a lo grande de la que hablaba Alfonso, nunca me pidió matrimonio. ¿Cómo podía estar tan seguro de que yo aceptaría casarme con él, de que jamás lo rechazaría y de que nunca me iría?

“No, Alfonso. No quiero ni voy a casarme contigo. ¿Una boda por todo lo alto? Perfecto: mi ‘regalo’ será casarme, con toda dignidad, con otro hombre”, pensé.

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